Una desobediencia inteligente; entre canes y humanos

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He vuelto a experimentar el placer de leer viñetas con gran valor literario y científico, y en este contexto me es grato compartir que hace poco tiempo terminé de leer una novela gráfica, titulada: “Thoreau. La vida sublime” de A. Dan & Le Roy, que versa sobre la vida del padre de la “desobediencia civil”, es decir me refiero a Henry David Thoreau.

A raíz de esto vino a mi mente el inicio del texto, donde este gran filósofo norteamericano plasma su pensamiento en relación al papel del gobierno, y por ello me permito compartir textualmente lo escrito por H.D. Thoreau:

“Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que tiene que gobernar menos”, y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Bien llevado, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan. En el mejor de los casos, el gobierno no es más que una conveniencia, pero en su mayoría los gobiernos son inconvenientes y todos han resultado serlo en algún momento”.

Ligado al tema de la desobediencia civil, contamos por otro lado con la desobediencia inteligente, misma que de acuerdo a Wikipedia significa: “la referencia a un animal de asistencia entrenado que es capaz de ir directamente en contra de las instrucciones de su dueño en su esfuerzo para tomar la decisión correcta para su ayuda”.

En este sentido pienso que constantemente nos encontramos bombardeados por instrucciones, obligaciones y responsabilidades desde diferentes aristas, ya sea en el ámbito profesional, personal y también gubernamental; y en ocasiones se nos ordena infiriendo que debemos comportarnos como “perros de Pavlov”, quienes salivamos al escuchar la campana porque ahí viene la comida, o tal vez actuar como robots, sin capacidad de discernir o razonar y que solamente debemos acatar una instrucción.

Si bien es cierto que en muchas situaciones, el seguir al pie de la letra ciertas instrucciones o normas, se logra un funcionamiento social adecuado y también puede ser que se salven vidas; existen otras circunstancias en donde debemos darle cabida a nuestro raciocinio y capacidad cognitiva para detenernos a analizar si nuestro proceder voraz y con falta de cautela en verdad nos va a llevar a la consecución de los objetivos deseados con beneficio social.

Para tener una mejor comprensión del punto anterior, debemos trasladarnos a la posición de aquellos canes que asisten a los débiles visuales o ciegos, quienes reciben la orden de su dueño para cruzar la calle, pero al detectar que existe un riesgo no descubierto por el humano, desobedecen la orden directa, quedándose quietos. Esto simplemente porque cuentan increíblemente con la capacidad de razonar que si acatan esa instrucción de su amo, van a poner en peligro la vida de éste y la suya.

El punto central de este escrito no es incitar a la rebeldía, sino tomarnos el tiempo necesario para analizar cierta instrucción recibida, de todas las personas que influyen en nuestro andar o devenir, impidiendo los comportamientos al estilo de “perros de Pavlov”, es decir reaccionando al estilo de “arco reflejo” o involuntariamente; aunado a no lesionar a terceros, a nosotros, ni tampoco al bien común; pero sobre todo también buscando que muchas de las decisiones de los políticos y líderes empresariales, se centren en el beneficio colectivo y no en el individual.

Cualquier duda en relación a esta desobediencia inteligente cánida, sería entonces bueno recordar aquella imagen en donde se muestra a un perro cruzando la calle, arriba del puente “peatonal”, y por otro lado a seres humanos haciendo lo propio, abajo sin utilizar el puente y poniendo en riesgo sus vidas y la de los conductores de automóviles.

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