Rodrigo Soto Moreno
Muchas veces me he cuestionado sobre la violencia, no solamente la que vivimos en el estado de Nuevo León, ni en el país, sino en todo el orbe. Algunas veces pienso que la violencia se encuentra impresa en nuestros genes y que tal vez tengan razón los científicos en decir que bajos niveles de la enzima monoanima oxidasa (MAOA), que regula el flujo de la dopamina y de la serotonina en nosotros, es la causa primordial de que algunas personas parezcan tener ese “gen de la violencia” más activo que otros y que les haga cometer actos brutales en contra de sus semejantes o de otros seres vivos.
Sin embargo, algo que me llama mucho la atención, es analizar la parte psicológica y social de la persona en cuestión. Como seres humanos, nuestro cerebro termina su desarrollo de circunvoluciones, como dice la doctora Nancy Andreasen, en promedio hasta los 20 años de edad. Por lo anterior, el cerebro va adquiriendo una vasta cantidad de información del entorno social en donde se desempeña cierto individuo.
Mi punto o hipótesis es simple, considero que muchas de las personas que son más agresivas que otras, fueron carentes de aplausos o de abrazos. Desde que iniciamos nuestro proceso de estar conscientes y detectar que formamos parte de un todo, como niños, buscamos en primera instancia la aprobación de nuestros padres, por lo que es muy común observar a parejas que le aplauden a su vástago en forma de aprobación de su comportamiento o de un pequeño logro alcanzado.
En cuanto a los abrazos, los niños, buscan el refugio al llanto, a una situación compleja o simplemente para reafirmar el cariño, entre otras cosas, en los brazos de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, de sus maestros; reforzando así el sentimiento de seguridad y construyendo una buena salud mental, desde el punto de vista psicológico y médico.
Cuando dejamos de ser niños y somos jóvenes o adolescentes, los aplausos y abrazos siguen formando parte de nuestra vida cotidiana. Al terminar una exposición en la escuela, al vencer en un partido de fútbol, al obtener la mejor nota del salón de clases, al conseguir el beso ansiado de la pareja amada, entre otras cosas, buscamos la remuneración psicológica pertinente traducida en cantidad de aplausos y abrazos requeridos.
Conforme pasamos de ser jóvenes / adolescentes y llegamos a ser adultos, de igual forma al conseguir el éxito laboral, al conseguir casarse con la persona añorada, al tener un hijo, al terminar de escribir un libro, al finalizar un discurso ante un auditorio lleno, entre otras cosas, también pedimos nuestro pago social de aprobación correspondiente, con aplausos del público y abrazos de nuestros allegados.
Puede parecer un poco ridícula mi hipótesis y seguramente se debe medir contra variables tangibles en seguimientos médicos correspondientes, así como estudios de resonancia magnética para ver las áreas del cerebro que se iluminan cuando recibimos el abrazo y el aplauso requerido, sobre todo de la persona adecuada, o de las personas que son importantes en nuestra vida personal y profesional. Pero creo que tiene algo de sustento.
Yo tengo un particular recuerdo, muy grato, de mis familiares. Sobre todo de mis bisabuelos, abuelos, tíos, tías, padres y hermanos, quienes siempre trataron de fortalecer mi desarrollo psicológico mental, aplaudiendo mis pequeños logros y abrazándome como forma de recalcar su cariño, sobre todo recuerdo en este sentido a mi bisabuela, mi tía abuela y mi Madre. Hoy en día, recibo mi dotación de abrazos y aplausos de mi compañera de vida y espero recibirlos de mis “genes egoístas” cuando conformen su proceso neurológico de comunicación neuronal para darse cuenta de su propia consciencia y respondan ante el estímulo adecuado que yo provea.
Otro punto, que surge en mi mente, mientras termino las líneas del párrafo anterior, es que las mujeres son mucho más propensas a ofrecer aplausos y sobre todo abrazos hacia sus seres queridos, pero no debe ser así y considero que es importante que también los hombres practiquen esta actividad.
También apunto que gracias a los diversos abrazos y aplausos, implícitos y explícitos, que recibimos de mis amigos y compañeros de trabajo son un aliciente necesario para reforzar la amistad o el compañerismo laboral y que se traducen en buen ánimo y desempeño del individuo aplaudido o abrazado.
En ocasiones, dentro de mi ambiente laboral o al analizar a la sociedad, pienso que las personas que muestran cierto grado de timidez, de inadaptación social, de agresividad, baja autoestima, etc., tal vez no recibieron su necesaria cuota de aplausos y abrazos. Además de que es probable que no la estén recibiendo en la actualidad.
No estoy hablando de que requerimos un mundo concebido al estilo “Flanders” (personaje de los Simpson), sino que debemos considerar que un abrazo a los seres queridos y un aplauso ofrecido a quien se lo ha ganado, no nos cuesta nada y ganamos mucho en que seguramente fortalecemos la conexión neuronal positiva y emocional con la persona gratificada, garantizando buena relación con el ser querido y buen desempeño laboral con el compañero de trabajo.
Ahora no todos los abrazos y aplausos tienen que ser explícitos, sino que de forma implícita podemos demostrar los mismos y para aquellos que piensan o que no son gustosos del contacto físico y que son más reservados, los invito a que abracen al conocimiento y aplaudamos a la ciencia, madre del progreso evolutivo (sin descuidar el marco ético de comportamiento). Pues el conocimiento siempre atrae aplausos y abrazos cuando lo compartimos con nuestros semejantes o cuando dejamos huella extrasomática para que otros se beneficien de nuestros estudios o investigaciones.
Por último todo esto seguramente debe estar sometido a un escrutinio minucioso, bajo el método científico, pero probablemente podamos encontrar bases sólidas con datos duros, en cuanto a la mejora del humor y por ende de la salud con un abrazo o un aplauso, siempre y cuando lo merezcamos.

