Y tú… ¿te lavas las manos?

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Rodrigo Soto Moreno

Abrió la puerta bruscamente y se dirigió al lavabo, tomó un poco de jabón del dispensador haciendo dos presiones al mismo y se dispuso a lavarse las manos, posteriormente jaló en una ocasión en dispensador de papel y se secó las manos, tirando la basura en el bote que estaba en la entrada del baño de la plaza comercial.

Terminando lo anterior caminó a la parte posterior del baño, mientras lo miraba con asombro una persona que estaba lavándose las manos en el lavabo contiguo. Jonás así fue al mingitorio y realizó sus necesidades, junto a otra persona que estaba en la misma actividad, sintiendo un momento de relajación.

Posteriormente  caminó al lugar donde previamente se había lavado las manos y volvió a tomar jabón líquido para volvérselas a lavar, mientras estaba  enjuagándose las manos observó, con el rabillo del ojo, que su compañero de actividad de hace unos momentos, se subió el zíper y salió del baño sin lavarse las manos.

Jonás continuó ese proceso rutinario y se secó las manos, para volver a tirar la basura en el lugar correspondiente. Al salir del baño, se encaminó hacia la sala del cine para retomar la película que estaba viendo, pero para su sorpresa, observó en la dulcería del recinto cinematográfico, a esa persona que no había sido higiénica hace unos momentos. Él estaba tomando con la mano derecha la mano izquierda de su pareja, mientras que con su mano izquierda le acariciaba su larga cabellera. Lo anterior no le causó asombro, pues estaba acostumbrado a estar presente en escenas similares, solamente se preguntó de nuevo si la pareja de ese curioso “no higiénico” personaje sabría que la estaban acariciando con la misma mano en que había ido al baño.

Muchos de nosotros hemos sido conturbados en alguna ocasión, tal vez por nuestros padres, o nuestros hermanos, amigos, compañeros, pareja, etc., en relación a la necesidad de lavarnos las manos, debido a que consideramos que no es necesario o debido a que no tenemos la precaución cotidiana de hacerlo. También hemos sido observadores pasivos de situaciones como la que se describió arriba, misma que nos puede parecer cotidiana como a Jonás o lo mejor causarnos algo de sorpresa y algo de repulsión por la suciedad, no pasando a mayores.

Ahora veamos lo que sucede en otro contexto, como el que describe Scientific American en el artículo de Jeneen Interlandi titulado “Beating Back the Bugs”, mismo que nos muestra que cada año alrededor de 2 millones de personas adquiere infecciones en algún hospital, de las cuales 100,000 de esas personas fallecen por complicaciones de la misma enfermedades que adquieren.

Además, según dice Interlandi, es que si sumamos esas muertes con el costo de las mismas, que asciende a 45 mil millones de dólares, resulta que es aproximadamente la misma cantidad de dinero y muertes que ocasiona el VIH, el cáncer de mama y los accidentes automovilísticos combinados.

Pero lo más sorprendente es que estas enfermedades que se adquieren en los hospitales pueden ser reducidas significativamente con simples medidas como el lavarse las manos antes y después de revisar a los pacientes, todo esto comentado por Interlandi, de acuerdo a estudios del Instituto de Medicina de los Estados Unidos.

Por otro lado, conversando con algunos médicos, me han comentado que en ocasiones los residentes no tienen precaución de lavarse las manos y es así que con sus manos transmiten la enfermedad a otros pacientes o incluso a personas que van solamente a consultar al hospital. Todo esto aplica simplemente si tomamos el claro ejemplo de la tradicional gripa o influenza.

Derivado de lo leído, nos resulta claro que es vital lavarse las manos, sobre todo si trabajamos en un hospital o laboratorio médico, pues para este último caso una mala higiene puede ser motivo de que contaminemos la muestra y la prueba de laboratorio resulte errónea o se tenga que repetir.

De por si somos un mercado ambulante de bacterias y virus y si a esto le agregamos que no tenemos la higiene adecuada en nuestras extremidades superiores (las manos), contribuimos a aumentar la tasa de propagación de una enfermedad y aunque algunos puedan ser merecedores de una pandemia para limpiar a “las manzanas podridas de la canasta”, nos es claro que debemos protegernos como especie para seguir evolucionando, más aún al revisar los datos duros en párrafos superiores de este escrito.  Además debemos aprender que si estamos enfermos, sobre todo de gripe o influenza, es mejor negar el saludo, no por rudeza social, sino por cortesía y protección de la salud. Pero la lección es clara: ¡Hay que a lavarse las manos!

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