Rodrigo Soto Moreno
Cambió de página en el expediente y sus ojos estaban ágiles y atentos al caudal de información que estaba revisando. Fabián sabía que no debía distraerse, pues podía dejar pasar un bit de datos que pudiese ser vital a la hora de analizar si un prisionero tenía derecho a libertad condicional o por otro lado seguir encarcelado y cumplir su condena.
Ciertamente el trabajo de un Juez es extenuante y el cúmulo de información que se aglomera en los expedientes lo hacen a veces tedioso y rutinario. Sin embargo, Fabián disfrutaba de su profesión y la ejercía con alegría y eficiencia envidiable.
Pero el día de hoy tenía una variable diferente, debido a que se había levantado tarde porque su alarma no sonó y eso impidió que ingiriera su tradicional desayuno, tan importante en su actividad por toda la energía y vitalidad que le proveía.
El tiempo pasaba y ahora marcaba las 12:23 pm, los ojos de Fabián que eran infalibles estando al 100%, empezaban a ceder en su capacidad de escudriñar las páginas de esos abultados expedientes. La necesidad de energía vital para el cerebro lo acechaba, es decir requería glucosa de inmediato para continuar.
Fue entonces que después de haber peinado cada dato de los escritos, Fabián había otorgado 10 libertades condicionales de 15 posibles, en el transcurso de la mañana, pero ahora con su estómago y cerebro pidiendo ingesta de alimentos, le era demasiado difícil concentrarse, por lo que decidió de forma arbitraria y dictatorial que era hora de adelantar la comida y tomar un descanso. Debido a lo anterior negó, con premura, otros 14 de 15 casos en donde podría haber libertad condicional con el objetivo de salir rápido a comer.
La historia anterior nos sirve para ilustrar los nuevos descubrimientos en materia de la psicología detrás de las decisiones y/o veredictos de un juez, en relación a cierto caso en análisis. En reciente artículo titulado “I think it´s time we broke for luch…”, publicado en The Economist, se habla de un dicho que reza: “la justicia, dicen los cínicos, es lo que el juez comió en el desayuno”.
Ahora pareciera que efectivamente hay cierto sustento en ello. En una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, se describe que Danziger y Ben-Gurion, ambos de la Universidad de Negev, monitorearon a 8 jueces israelíes durante 1,000 aplicaciones que recibieron en relación a prisioneros que solicitaban libertad condicional.
Los resultados, de estos científicos de la Universidad de Negev, fue que los jueces concedieron 2/3 partes de las aplicaciones que les llegaron. Sin embargo, conforme pasaron las horas esa cantidad se fue reduciendo hasta llegar a 0 concedidas. Pero lo más interesante estuvo en que la tasa de aprobación regresó cuando los jueces regresaron de su “break” de comida, para volver a bajar conforme avanzaba y terminaba el día laboral.
Los investigadores ofrecen dos hipótesis para este tipo de comportamiento. La primera es que los niveles de azúcar juegan un papel importante en las decisiones de los jueces. Es decir, prácticamente el juez se encuentra ágil y dedicado a su labor mientras tiene el estómago llego, pero a medida que el día avanza y sus niveles de azúcar bajan y la demanda de glucosa sube en las neuronas, lo que afecta sus decisiones. Incluso, el estudio publicado en The Economist, señala que no son las horas en que ha estado sentado, lo que afecta, sino la cantidad de casos que tiene que revisar.
Esta hipótesis es consistente con diversas situaciones que ya se conocían, según comenta el mismo artículo señalado, pues es bien sabido que la toma de decisiones está ligada con el exceso de trabajo y la desgastante rutina, hablamos de que las personas se cansan del tedio de tanto trabajo repetitivo y para escapar del mismo buscan la decisión más sencilla o mantener el “status quo” o el equilibrio, que para el caso de los prisioneros es negar su solicitud.
Desde el punto de vista fisiológico, somos vencidos por el hambre, por un lado, por lo que buscamos recargar energías para continuar el día. Además de que el tedio de la rutina aunada con trabajo excesivo, nos hace que el cerebro se desgaste y no pueda procesar con la misma celeridad y eficiencia que estando fresco con tareas nuevas y no repetitivas al estilo de “tiempos modernos” de Charles Chaplin.
Debemos comprender que no somos robots y por ende, las empresas, deben comprender que no podemos manejar el mismo grado eficiencia y eficacia en las tareas que desempeñamos, sobre todo si son repetitivas, tediosas y excesivas. Por ello, se debe promover un descanso entre las jornadas de trabajo, donde el individuo en cuestión tome alimentos para recargar energía, así como se despeje de sus actividades y vuelva con nuevos bríos.

