¿Qué plumaje usas?

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Rodrigo Soto Moreno

Todos los días, desde que despertamos en nuestras camas, pensamos en la forma en que nos vamos a incorporar a la sociedad y continuar con nuestro camino evolutivo. Para ello, debemos definir el “plumaje” con que vamos a actuar en nuestro comportamiento social tanto en el trabajo como en nuestra vida personal.

Al hablar del plumaje me refiero a diariamente nos mimetizamos socialmente, dependiendo de la actividad que vayamos a desempeñar. Es por ello, que no resulta extraño que algún individuo se comporte demasiado serio en el trabajo, usando cierto plumaje, mientras que se desinhiba o sea más extrovertido cuando se encuentre con sus amigos.

De esta forma, cada plumaje que adoptamos, nos sirve para incorporarnos a ciertos nichos sociales del mercado evolutivo al que estamos expuestos constantemente y nos da acceso a cubrir ciertas necesidades de relación humana que es importante para nuestro desarrollo mental, pues de no tener acceso a cierto grupo que queramos pertenecer, por no usar el plumaje adecuado, nos puede ocasionar rechazo y cierto grado de angustia o depresión dependiendo de la fortaleza y de las alternativas que tenga nuestro sistema de disparos cerebrales que nos causan excitación y descarga de dopamina.

Es decir, los seres humanos requerimos de alimento social para sentirnos parte de un todo o por lo menos parte de una comunidad estrecha, pero sólida y bien definida. De lo anterior deriva que ciertos jóvenes, en su afán por agradar, busquen desesperadamente unas plumas que les permitan cubrir diversas necesidades que se les presentan como por ejemplo: entrar al antro deseado, estar con la chica que desean, sacar las calificaciones pertinentes en determinado curso, agradar a sus padres para tener permiso de salir, ser un buen amigo para mantenerse dentro de determinado grupo social, entre muchas otras.

Un ejemplo claro en cuanto a los diferentes plumajes que utilizamos, proviene de un mercado al que tomos hemos estado expuestos. Me refiero al relacionado con el lenguaje soez, de palabras malsonantes o como comúnmente se le conoce: las malas palabras o groserías.

Estudios hechos por el profesor en psicología Timothy Jay, del Colegio de Massachussetts y publicados en Scientific American por Joan Raymond, nos dice que el poder de las palabras malsonantes nos hace sentir que “estamos in” y que pertenecemos a un grupo demográfico muy determinado.

Además al analizar el mapeo cerebral cuando hablamos con un lenguaje soez, resulta que se encienden las áreas del sistema límbico, relacionado con la emoción y el comportamiento, dando lugar a cierto nivel de excitación neuronal.

En otro estudio, también mencionado por Raymond, publicado en Psychological Science y llevado a cabo por Elisah D´Hooge de la Universidad Ghent en Bélgica, se observó que los seres humanos contamos con un “monitor verbal” que nos permite llevar a cabo un proceso mental de ciertas palabras ante cierto estímulo, antes de realmente expresar lo que vamos a decir. Aunque claro, conozco ciertas personas que pareciera que no tienen ese sistema regulador y dicen tal cual lo que piensan.

Pero volviendo al “monitor verbal”, la investigadora D´Hooge dice que de esa forma tomamos en cuenta y nos preocupa el contexto en el que estamos, para escoger las palabras que son adecuadas para expresar, aunque realmente no sea lo primero que nos vino a la mente. Hacemos una depuración de frases que procesamos en la caja cerebral, para después escoger la mejor combinación de palabras para expresar y así mantenernos dentro del nivel de aceptación de determinado grupo o subir un escalón más dentro del mismo.

Para D´Hooge es claro que resulta normal utilizar la palabra “Fuck” para un adolescente de 16 años cuando está con sus amigos, pero difícilmente hará uso de la misma cuando esté con su Madre, a menos que sea una cantante pop, remarca en tono irónico. De esta forma vemos claramente que dentro de un grupo podemos usar cierto plumaje, al decir malas palabras con los amigos y por otro lado comportarnos con decencia y escoger bien las frases antes de que salgan de nuestro cerebro el convivir con la familia. También como dato interesante, comparto lo que dice Joan Raymond en su artículo, señalando que las palabras malsonantes ocupan aproximadamente un 0.3 a 0.7 por ciento de nuestro lenguaje diario, según estudios descritos en su artículo.

Creo que si hacemos un poco de retrospectiva mental, veremos claramente que efectivamente usamos diferentes plumajes en nuestro comportamiento, dependiendo de la situación en que nos encontremos, de ahí que salgan comentarios de que somos  mustios por un lado, extrovertidos por otro, contestatarios en determinada situación, oyentes solamente para otra ocasión, liberales o conservadores, entre diversas otras. Pero tal vez en esa diversidad se encuentra la felicidad…

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