Rodrigo Soto Moreno
El automóvil doblaba a la izquierda y las manos de Felipe comenzaron a sudar, debido a que vio el edificio del hospital. El papá de Felipe estacionó la camioneta y abriendo la puerta trasera, le ofreció la mano a Felipe para bajar. Notó entonces el pequeño estrés de su primogénito y abrazándolo le dijo que no tenía porque tener miedo, era simplemente un piquete, que le daría la protección necesaria contra enfermedades venideras.
Caminaron hacia el interior del edificio y Felipe sentía que el corazón se le salía. Desde muy pequeño había adoptado cierto miedo hacia las jeringas, particularmente hacia las agujas de las mismas. Por lo que no era grato que le fueran a inyectar una vacuna, a pesar de que entendía que era por su bien, por su salud presente y futura.
Tocaron en un consultorio, para que de inmediato una enfermera les abriera la puerta y les sonriera diciendo que los estaban esperando. Felipe volteó a ver su Padre con esa mirada tierna, tratando de convencerlo de que se retiraran y olvidaran el asunto de la vacuna, sin embargo solamente recibió una sonrisa de parte de su progenitor.
Con ayuda de su Padre, se sentó en una especie de camilla para auscultación y cerró los ojos temiendo lo peor. Escuchó entonces el sonido clásico de cuando se abre un paquete. Debía ser la jeringa, pensó Felipe. Apretó los dientes y escuchó que le dijeron que se relajara, que esto no iba a dolerle nada. De pronto sintió la meno fría de la enfermera y el olor característico del alcohol que se lo aplicaban con un algodón al brazo, cerca del hombro izquierdo. Posteriormente sintió un pequeño cosquilleo y la adherencia de un parche, estilo la tradicional “curita”, que se aferraba con gentileza en su piel.
Siguiendo con los ojos cerrados, escuchó que la enfermera decía que eso era todo. No lo podía creer, en verdad no le había dolido nada. Abrió entonces los ojos y miró su brazo, fue ahí que se dio cuenta que tenía una especie de parche. Entonces su Padre le dijo: “Te dije que todo iba a estar bien”. La enfermera le ofreció un jugo, a Felipe, por su buen comportamiento y él lo aceptó gustoso. Al ir saliendo del consultorio, Felipe iba disfrutando de su jugo y esbozando una gran sonrisa, las manos estaban sin sudor y el corazón latía de forma normal. “Solamente recuerden retirar el parche después de 10 minutos”, dijo la enfermera.
Muchas personas, especialmente niños y jóvenes, han desarrollado un miedo hacia las inyecciones, particularmente hacia las agujas. Pues aunque no duelan tanto como parece, su forma puntiaguda puede despertar en nuestra la imaginación y evocar sentimientos de miedo y estrés.
Por lo anterior diversos investigadores se dieron a la tarea de inventar una nueva forma de vacunar, en donde se reemplaza a la “temible” aguja, con 100 pequeñas agujas solubles incrustadas en un parche al estilo, de cómo dijimos, una “curita”. Esas agujas, explican los expertos en su artículo en Nature, son más pequeñas que el grosor de un nickel (moneda de 5 centavos norteamericana), mismo que tiene un espesor de 1.95 milímetros según Wikipedia.
Estos “parches” ya se están utilizando en ratones para vacunarlos contra la influenza y está generando resultados positivos. El líder de la investigación, Sean Sullivan del Georgia Institute of Technology in Atlanta, expresó que una vez que las microagujas entran en la piel, disuelven y liberan la vacuna. De acuerdo a Sullivan, el proceso toma entre 30 segundos a 5 minutos.
Además Sullivan señala que este parche puede ser más efectivo que las inyecciones tradicionales, para generar una respuesta inmune, pues normalmente las jeringas dejan la vacuna en los músculos, pero el problema es que no hay células inmunes ahí, por ello la vacuna debe encontrar su camino al sistema sanguíneo y linfático, con el objetivo de encontrar células que ofrezcan y estimulen la protección a la enfermedad y la respuesta inmune deseada.
Otra ventaja, también señalada por Sullivan, es que los parches pueden estar almacenados a temperatura ambiente y no se requiere un entrenamiento médico para su aplicación, por lo que una persona puede vacunar a otra sin problema. Además puede ser una herramienta para incorporara a las campañas de salud pública, pues al no requerir la forzosa refrigeración, se puede llevar a lugares remotos para su aplicación y así inmunizar al total de la población, sobre todo en países subdesarrollados.
Aún se requieren más pruebas en seres humanos y comprobar efectivamente su potencial como vacuna. Pero es una brillante promesa para, además de ayudar a los que tienen fobia a las jeringas y agujas, para lograr altos índices de vacunación en los países y controlar las enfermedades, sobre todo en nuestros pequeños.

