Rodrigo Soto Moreno
Las piernas le pesaban y le pedían un descanso, pero el cerebro seguía dando la orden de continuar hacia adelante y no bajar el ritmo, faltaba poco. El astro rey le recordaba que se encontraba en su cenit y sus rayos bajaban con fuerzas, mismos que imaginaba Santiago que eran disparos de energía que atinaban a su blanco y ofendían al cuerpo exigiéndole pagar el precio correspondiente con agotamiento y sudor.
Decidió dar el último embate, pues le faltaban unos cuantos kilómetros para completar la prueba de ejercicio y sentirse satisfecho por el esfuerzo realizado. Fue así que Santiago recordó los escritos de Nietzsche y se dijo asimismo: “Efectivamente, no soy un hombre, soy dinamita”.
Terminando de repetir esa frase en su cabeza, nuevos bríos llegaron a su cuerpo y una energía exorbitante se apoderó de él. Aspiró una gran bocanada de aire y la expulsó con fuerza y ritmo por sus fosas nasales, como si fuera un antiguo pero sólido tren de vapor apunto de despegar de las vías y salir con velocidad hacia su destino. Sus piernas hicieron un pacto con las señales cerebrales, estando de acuerdo en que era el último trecho y se debía concluir con prontitud y celeridad. Los rayos de sol los imaginó ahora como aquel dolor necesario para motivarse a continuar, par persistir y triunfar en su meta, similar a lo que sucede con un fabuloso corcel en la pista de carreras, que siente el leve chicoteo en su cuerpo por parte de su jinete que lo invita a desafiar a sus contrincantes y triunfar.
Estaba en la recta final, miró el cronómetro de su reloj, mismo que le avisó que llevaba más de una hora corriendo y estaba a punto de arribar a los 21 kilómetros establecidos. Abrió sus palmas, como si ellas le fueran a dar mayor aerodinámica para fusionarse con el viento y dio el último sprint para conseguir su objetivo, el medio maratón terminado.
Santiago sintió como su cuerpo reclamaba el esfuerzo realizado, cerró los ojos y se percató de que eran diversos dolores al unísono que parecían ser uno de alta magnitud. Pensó que eso debía sentir el salmón cuando concluía su travesía río arriba, en contra corriente, para poder desovar y estar satisfecho con darle la oportunidad de la vida a sus crías. Sonrió y abrió los ojos, se sentía satisfecho por el esfuerzo realizado, volteó a su alrededor para no encontrar a nadie, no había otros corredores, no había otras personas que compartieran su gloria, pero le fue suficiente el trinar de los pájaros, así como el sonido del viento pasando por las hojas de los árboles como símbolo de aplausos hacia él.
Recordó así que meses antes su médico le había dicho que corría un alto riesgo de tener un infarto, así como generar diabetes. Fue lo anterior, lo que lo motivó a ejercitarse de forma disciplinada. Desde ese momento hasta, había cambiado su dieta alta en carnes, por una alta en verduras y aunado al ejercicio, había bajado 22 kilos de su peso.
Su corazón, que en su momento estaba desgastado y sufría al hacer esfuerzo físico, ahora se encontraba ejercitado y acostumbrado a disfrutar del aumento de bombeo en la sangre con motivo de las carreras solitarias de Santiago.
La anterior historia y otras, deben servir de ejemplo para personas que son propensas o candidatas a las enfermedades del corazón y diabetes. Uno de sus principales objetivos debe ser la modificación en su dieta y la incorporación del ejercicio en su actividad, de forma rutinaria.
De acuerdo al artículo de Jorge Goldberg, publicado en NEXOS y titulado “Tratando un corazón dañado”, se nos dice que la OMS (Organización Mundial de la Salud) considera que las enfermedades cardiovasculares son la causa principal de muerte en el mundo, con un total de aproximadamente 17.5 millones de muertes cada año.
Diversos estudios señalan que la actividad física aeróbica de forma habitual reduce el riesgo de una persona a tener un ataque cardiaco. Por ejemplo, el doctor Gary Balady, de la Universidad de Boston, señaló que cuando uno hace ejercicio nuestros niveles de adrenalina suben, esta subida de adrenalina puede ir acompañada de otros eventos fisiológicos como latidos irregulares en individuos susceptibles y el subsiguiente ataque cardiaco, sin embargo, el doctor Balady dijo que el ejercicio regular permite al corazón “adaptarse” a esos incrementos en la adrenalina y mantenerse estable.
En resumidas cuentas lo que estamos haciendo con el ejercicio de forma rutinaria y como disciplina, es entrenar a nuestro corazón a niveles superiores de adrenalina y también fortalecerlo para eventos dañinos venideros.
En otro estudio, de la Universidad de Tufts, encontró que una actividad de ejercicio moderado de forma esporádica, triplica el riesgo de la persona a un ataque cardiaco al terminar el ejercicio, que si esa misma persona no hace el ejercicio. Sin embargo, si la misma persona hace ejercicio de forma rutinaria o habitual, entonces su riesgo de tener un ataque cardiaco baja en un 45% y el riesgo de morir por un ataque cardiaco se redujo en un 30%.
Lo anterior nos señala que la actividad física, aeróbica, de forma regular y disciplinada nos ayuda a mantener un corazón sano, así como disminuir nuestra propensión a un infarto y morir por uno de ellos. Además de que a esto debemos de cuidar nuestra dieta, incorporando frutas y verduras, así como pescado, pollo, pavo y no solamente carne de res.
Retomando el escrito de Golberg, es necesario considerar que “el corazón está en continuo ciclo de reparación y renovación”. Pues, nos dice: “una célula cardiaca puede ser reemplazada cuando menos tres veces en la vida de una persona a través de la dinámica de células madre cardiacas”.
Pero, a pesar de esa renovación y reparación, ayudemos a nuestro corazón con una rutina de ejercicio de 30 minutos de forma diaria y con una dieta variada diversa.

