Volver a la naturaleza

Rodrigo Soto Moreno

Todavía tengo muy claro eso momento, de hace algunos años, cuando iba manejando con mi Mamá, en la carretera hacia el pueblo mágico de Coatepec, para arribar a casa de mi bisabuela Ena y mi tía Yoyi, cuando pude observar el trabajo de máquinas excavadoras, aplanadoras, retroexcavadoras, buldócer y demás maquinaria de construcción, con la terrible escena de que estaban derribando árboles y plantas a diestra y siniestra, sin rencor alguno y como si no tuviesen vida y muchos menos importancia dentro del delicado ecosistema del planeta. Observando eso, me di cuenta que muchos seres humanos se encuentran ciegos por su soberbia y ansia de dinero y poder, al darle prioridad al frívolo y vacío concreto, para que transite el automóvil, versus la tierra negra fértil donde descansa aquello que nos da vida.

La prioridad de muchas sociedades y ciudades no ha cambiado mucho desde mis juveniles recuerdos, pues nuestra obsesión por infestar la tierra de las plantas con concreto y el pensar que podamos nadar en petróleo se han arraizado en los paupérrimos disparos neuronales insípidos y burdos de muchos gobernantes y empresarios. Para cualquier duda al respecto, solo debemos analizar el diseño de muchas ciudades, donde la prioridad se centra sobre el automóvil y no sobre el ciudadano o peatón. Ligado a esto no es de sorprendernos que, tanto las autoridades políticas y muchos de los empresarios, solo les interesa el beneficio económico a corto plazo y se olvidan de la calidad de vida para los ciudadanos.

Lo anterior se traduce que simplemente, de acuerdo a análisis del ecologista Guillermo Martínez Berlanga, en entrevista con Reporte Indigo, se estima que Monterrey y su área metropolitana requieren que se planten 1 millón de árboles para combatir el gran problema de la contaminación ambiental, así como cumplir el mínimo establecido por la OMS en cuanto a tener 9 metros cuadrados de espacios verdes por cada habitante, además de que cada residente pueda caminar 15 minutos y encontrarse con un área verde pública.

Ante esto, considero necesario realizar una breve reflexión de la importancia de las plantas en nuestra vida diaria. Mi razonamiento al respecto, sería que la gran mayoría de nosotros, está consciente de que existe una conexión muy peculiar en la sensación de caminar descalzos sobre el pasto, tal vez porque nos recuerda nuestro pasado de nómadas cazadores – recolectores, para posteriormente convertirnos en sedentarios agricultores. De igual forma nos causa placer y relajación el adentrarnos a un bosque y recorrerlo, deambulando entre los troncos de los árboles, caminando sobre un suelo lleno de vida bacteriana y seguramente repleto de “osos de agua” o tardígrados, que no podemos ver a simple vista.

Nuestro encuentro con la naturaleza resulta hipnótico, nos proporciona tranquilidad del ajetreado movimiento de las ciudades y por ende nos ayuda a eliminar parte del estrés que traemos al estar inmersos en la jungla de asfalto de la civilización humana. Probablemente esa sea la causa del porqué le tengo tanto respeto y cariño a las plantas, pero especialmente a los árboles.

El dominio de los árboles, de las plantas, de las zonas verdes del reino plantae, que destacan del gris frívolo del concreto de las ciudades, es motivo de alegría y de recordar que estos seres vivos son la razón principal por la que existe vida en nuestro planeta, pues son el factor principal para que exista el oxígeno que respiramos y, por ende, fueron los primeros organismos que colonizaron la Tierra, y que seguramente la tomarán de vuelta cuando los seres humanos dejemos de existir. Es decir, desde una perspectiva sintética, son y serán los detonantes de la explosión de la vida aquí en el tercer planeta de nuestro sistema solar.

Las primeras configuraciones de plantas, de acuerdo a datos de Wikipedia, fueron algo similar a unas algas primigenias hace aproximadamente unos 1,200 millones de años, sin embargo se ha encontrado evidencia, en rocas, de fotosíntesis hace aproximadamente unos 3,000 millones de años; posteriormente su evolución nos lleva al salto que dieron fuera del agua, cuando se habla de que rocas precámbricas, alrededor de unos 1,000 millones de años, contaban con especies de musgos que ya realizaban procesos complejos fotosintéticos, para después llevarnos a unos 450 millones de años atrás, en el período Ordovícico, en donde se tiene mayor evidencia de las plantas terrestres como tal y su conquista del mundo terrestre.

Hablar del surgimiento de las plantas, es también referirnos al diseño y configuración del primer internet, pues es bien sabido que estos seres vivos, particularmente los árboles, establecen comunicación micorrizal, a través de hongos, en donde se realiza un intercambio de nutrientes, en donde, como nos lo dice Wikipedia, la planta o árbol reciben del hongo minerales y agua, mientras que el hongo recibe de la planta hidratos de carbono y vitaminas.

Sin embargo, para poder embriagarnos con la belleza de los árboles y las plantas, así como fortalecer nuestro entendimiento en su importancia y relación molecular que guardamos con estos, debemos retroceder al episodio 2 de la serie de Cosmos de Carl Sagan, en donde este gran divulgador científico nos dice lo siguiente: “¡Qué maravillosos son los árboles!, la especie humana vivió dentro y alrededor de ellos; tenemos una afinidad natural con los árboles; los árboles realizan la fotosíntesis, ellos cosechan la luz del sol, ellos compiten por los favores del sol, miren esos dos árboles de allá empujándose para alcanzar los rayos solares, pero haciéndolo con gracia y con una lentitud asombrosa. Existen tantas plantas en la Tierra, que existe el peligro de verlas como triviales y perder de vista la sutileza y eficiencia en su diseño, son máquinas grandiosas y bellas, alimentadas por la luz solar, tomando agua de la tierra y dióxido de carbono del aire, convirtiéndolo en comida, para su uso y el nuestro”.

Interrumpimos brevemente el mensaje del maestro Carl Sagan para remarcar su descripción de plantas y árboles como máquinas, similar a lo que hemos dicho en relación al magnífico diseño arquitectónico e ingenieril de la naturaleza y las relaciones matemáticas que guardan muchos de sus trabajos biológicos.

Continuando con Carl Sagan y su amor por árboles y plantas tenemos ahora: “cada planta utiliza los carbohidratos que hace, como una fuente de energía y poder realizar entonces “sus cosas de plantas”, y nosotros los animales que somos al final parásitos de las plantas, nos robamos esos carbohidratos para “hacer nuestras cosas de animales”; al comernos las plantas y sus frutos, combinamos los carbohidratos con oxígeno, que es resultado de respirar que hemos disuelto en nuestra sangre; de esta reacción química extraemos la energía que nos hace movernos; en el proceso en que exhalamos dióxido de carbono hacia la atmósfera, para que sea usado por las plantas para hacer más carbohidratos. ¡Qué maravilloso arreglo cooperativo! Animales y plantas utilizando los gases de desecho y todo el ciclo alimentado por luz solar abundante; pero existiría dióxido de carbono en el aire, a pesar de que no hubiera animales; nosotros necesitamos a las plantas mucho más de lo que ellas nos necesitan a nosotros”.

Así como nosotros desarrollamos la World Wide Web para absorber, procesar y transmitir mejor toda la información que tenemos como seres humanos, las plantas se encargaron no solo de contribuir, valga la redundancia, con la terraformación de este planeta, sino también en desarrollar los primeros algoritmos del código de la vida, en una estructura de comunicación bajo la tierra, por medio de sus raíces y enlaces micorrizales, para obtener alimento y nutrientes, así como por la información y energía que procesan por medio de sus hojas, que sentarían las bases para muchos organismos multicelulares y que servirían de cimiento para su posterior crecimiento. El tejido natural que observamos en los bosques, en las montañas, en las selvas, en los pastizales, hasta en el césped de nuestra casa o parque, obedecen al absorber, procesar y transmitir información de estos maravillosos seres vivos.

Es decir, en palabras de César Hidalgo, dentro de su libro “Why information grows”, los árboles son computadoras, con la modalidad que no son alimentadas por energía eléctrica de la toma de corriente, sino como nos dijo Carl Sagan y lo sabemos desde el kínder, se nutren de la luz solar y se encuentran haciendo constantes cálculos matemáticos y de geometría fractal biológica para determinar la cantidad hojas y ramas que puede enarbolar, ligadas a una programación lineal entre el agua y nutrientes de la tierra que tiene a su disposición, los rayos solares que puede captar y su resiliencia plantae, que le permite permanecer “atrapada” en un lugar físico, pero sobreponiéndose a la presión evolutiva diaria y a los cambios climáticos tradicionales y aquellos ocasionados por el hombre, por todo esto, los sentidos de las plantas nos pueden sorprender, como nos dice Daniel Chamovitz, en su libro “What a plant knows”.

Chamovitz nos dice que como bien sabemos una planta no puede cambiar de residencia o moverse repentinamente de lugar por sus propios medios, buscando mejores condiciones climatológicas y de alimento, por ello está claro que gracias a su elaborada y sofisticada evolución biológica, traducida en sus hojas, ramas, flores, raíces y corteza, han podido adaptarse a la selección natural, especialmente gracias a un complejo mecanismo sensorial para reaccionar y anticipar los cambios constantes en su medio ambiente.

El estrés evolutivo que han recibido todas las plantas, sumado al aparente estancamiento y el no poder moverse de donde se enraizaron, ha logrado que su red de información de raíces y hojas, esté constantemente sondeando los datos provenientes de la naturaleza para contrarrestar las adversidades, es decir aprender de sus errores y resurgir fortalecida cuando pareciera indicar que están muertas. De ahí que el pasto “corriente” o la “hierba mala”, por más que la cortemos, podemos e incluso arranquemos, vuelve a crecer y en muchas ocasiones busca un camuflaje para ser confundida con plantas o hierba que sean beneficiadas por el trato humano.

De igual forma nosotros estamos también constantemente sometidos a estrés, derivado de la presión evolutiva a la que somos sujetos todos los seres vivos, pero especialmente los seres humanos con el diseño de sociedades y ciudades aglomeradas y llenas de contaminación. Sin embargo, el estrés tiene diversas acepciones, como lo podemos constatar en Wikipedia, pues en términos biológicos es la respuesta que tenemos ante un estresor, como es el caso del medio ambiente; el resurgir nos hace mutar y fortalecernos y como lo dice el gran Nietzsche: “aquello que nos mata, nos hace más fuertes”.

Al final tenemos que comprender que una dosis adecuada de estrés es lo que detona la vida, y es el camino para crear nuevas mutaciones de organismos con características más adaptadas a ese nuevo ambiente que nos estresa, para que con resiliencia nos sobrepongamos a ello. La vida entonces es una delicada composición de orden y caos, de decaimiento celular, de oxidación, de movernos hacia la entropía, y todo esto, pienso, lo han entendido las plantas.

Por último, es necesario recordar, como nos lo dijo también Carl Sagan, cuando abrazando a un roble, dice que tanto ese árbol como él están hechos de lo mismo, e incluso que, si nos movemos hacia atrás en la línea evolutiva de ambas especies, entonces sin lugar a dudas encontraremos que tanto humanos como árboles tienen un antepasado en común. Además de volver a recordar, las sabias palabras de Sagan, cuando nos dice que nosotros necesitamos mucho más de las plantas, de lo que ellas necesitan de nosotros.

Por ello la imperiosa necesidad de sembrar árboles y plantas para combatir la contaminación y para procurar nuestro planeta.

 

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