Todos somos un Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Rodrigo Soto Moreno

Es bien conocido que utilizamos diferentes “máscaras y plumas” en nuestra vestimenta para deambular en la selva de asfalto y poder embonar en los diferentes escenarios sociales en los que nos desempeñemos. Por lo anterior, no resulta anormal que utilicemos cierta “máscara y plumaje” para nuestras relaciones laborales, otra para las relaciones en pareja, otra para nuestra familia, otras para nuestros amigos; así como quitándonos el “maquillaje” social cuando estamos solos, haciendo auto referencia como bucles extraños de bits y bytes de información y disparos neuronales creativos.

Simplemente pensemos en todas aquellas veces en que nuestra razón queda secuestrada por la emoción, y por ende en la cantidad de diversos comportamientos que podemos desplegar, muy diferentes al tradicional que mostramos en sociedad; me refiero a cuando damos rienda suelta a los placeres dionisiacos, pero especialmente cuando quedamos impávidos después de disfrutar del mareo laberíntico del placer que provoca el éxtasis de la culminación sexual. Así como toda la estrategia a la que recurrimos, ya sea romántica y seductora, real o falsa, que utilizamos para conseguir el objetivo de satisfacer uno de los impulsos primarios más primitivos, básicos y necesarios.

En nuestro choque con la sociedad y toda su configuración con la civilización actual, aunado a la presión evolutiva a la que estamos sometidos, es innegable que cada uno de nosotros ha decidido contar con un “baúl” repleto de diferentes “máscaras” y “plumas” que usamos cotidianamente, según la ocasión en que estemos o dependiendo de la influencia que se infrinja sobre nosotros. De ahí que con algunos podamos expresar y resonar una sonora carcajada auténtica de amistad filial y con otros solamente esbocemos una sonrisa fingida que puede traducirse en hartazgo social, desencanto o desprecio simulado.

Recordemos que somos el resultado de todas las iteraciones e interacciones que hemos tenido con el medio ambiente y con otros Sapiens pero sobretodo con otros pseudo Sapiens, como lo hemos dicho. También tenemos una carga genética, donde el 50% viene de nuestro Padre y el restante de nuestra Madre, pero también contamos con una carga memética, aquella descrita por Richard Dawkins, en donde vamos absorbiendo, procesando y transmitiendo información social, en todo el camino evolutivo que hemos recorrido, hasta este punto de este momento.

Con todo lo aquí descrito y en alusión al título del escrito, no solo me refiero, como dice Wikipedia, a un trastorno disociativo de la identidad, o antes conocido como trastorno de personalidad múltiple, como sugiere la novela de Robert Louis Stevenson, titulada: “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, en donde como dice también Wikipedia, cuenta la historia de una extraña relación entre el Dr. Henry Jekyll y Mr. Hyde, investigada por el abogado Utterson; sino que también me refiero a la necesidad que hemos tenido por generar diferentes “personajes” o “identidades”, utilizando nuestro repertorio de “máscaras y plumas”, según la ocasión. Especialmente en relación a que cada ser humano contamos con una parte mala y una parte buena, según esta brillante novela.

Derivado de todo esto, imaginemos situaciones en donde sintamos afinidad sincera hacia ciertas personas y por otro lado aberración inmediata hacia otras; por un lado la correspondencia amistosa hacia alguien puede ser expresada sin problema, sin embargo el rechazo anticipado por defecto muchas veces es encubierto con la misma sonrisa falsa que describimos anteriormente, tratando de disfrazar nuestro verdadero sentir.

Llevando esto a terrenos más sintéticos y coloquiales, podemos recurrir al refrán que reza: “la burra no era arisca, la hicieron”, situación que cabe perfectamente en algunos de nuestros comportamientos anticipados o en cierto prejuicios que podemos tener hacia ciertas situaciones o hacia algunas personas. Por ejemplo si en mi experiencia memética, la mayoría de los políticos son corruptos y se rigen por el refrán: “prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila”, entonces difícilmente voy a poder confiar en alguno, aunque esboce una sonrisa que puede enviar un mensaje contrario y disfrazado de aceptación o incluso de empatía.

De toda esta mezcla pienso que pudo haber surgido la denominada inteligencia maquiavélica, hipótesis de Richard W. Byrne y Andrew Whiten, de la Universidad de St. Andrews en Escocia, que según sus estudios argumenta que la explosión de inteligencia en los primates fue debido a la necesidad de formas más sofisticadas de engaño social y manipulación. También dentro de esta hipótesis se sugiere que la complejidad social impulsó a nuestros antepasados a ser cada vez más inteligentes y adeptos a negociar, a fachendear (farolear), así como a la connivencia (confabulación, engaño).

Para el caso de nuestro país, muchos de nosotros hemos escuchado en diferentes medios, que los mexicanos somos propensos a creer en teorías de la conspiración elucubradas por el gobierno, en donde la mayoría de los políticos ha desarrollado una gran capacidad de inteligencia maquiavélica, para convertirse en una especie de “titiriteros” sociales y con esos “hilos” pueden manipular a toda la población, y que no importan cuál sea la explicación oficial ante cierto evento, siempre vamos a dudar de la veracidad de lo que nos dicen aquellos que están en el poder transitorio.

Lo curioso es que aunque pareciera que estamos precargados o programados para que por defecto, anticipadamente, o por “default” a dudar y no aceptar la verdad oficial, lo cierto es que la gran dosis de mentiras y corrupción que impera en el país y que se difunde por muchos medios de comunicación, bien justifica nuestro comportamiento de incredulidad. Es decir todas esas “máscaras” y “plumaje” que utilizan los políticos para trabajar en sus mentiras, en esas “cajas chinas”, como nos lo ha dicho Luis Estrada con sus películas, ha logrado que desconfiemos  de muchos políticos y pensemos: “¿qué máscara y plumaje está utilizando en esta ocasión para manipular la verdad?”; es decir en mi constante contacto con individuos entrenados para farolear, confabular y engañar, cualidades comunes en muchos políticos, y por ende con alto grado de inteligencia maquiavélica, resulta normal que mi defensa sea no creerles y utilizar una “máscara” sonriente y un “plumaje” dócil, cuando en realidad dentro de mis disparos neuronales creativos pienso que este tipo de individuos es un charlatán con traje. Recordando aquí que es más común encontrar más sabios con huaraches y charlatanes con traje.

La contraparte de la inteligencia maquiavélica, es lo que propone Frans de Waal como la “era de la empatía”, en donde en una especie de reto a la supervivencia del más apto de Darwin;de Waal propone tomar a la evolución de la empatía como el producto final de la selección natural, así como la promoción de grupos altruistas. Hablamos entonces de la importancia de la cooperación no solo entre grupos de Sapiens para el progreso evolutivo, sino que la misma cooperación se encuentra impresa en los primeros organismos unicelulares que trabajaron y cooperaron e hicieron posible a los organismos multicelulares y por ende a usted y a mí.

En cierto momento he hablado y escrito sobre la necesidad de una transición del “homo homini lupus” (el hombre es el lobo del hombre), al “homo hominem iuvans” (el hombre en ayuda del hombre). Para esto pienso que tenemos que ir más allá y pensar en lo dicho por el gran Nietzsche y estar más allá del bien y del mal, es decir cuando nuestra inteligencia lidere, cuando nos quitemos las máscaras y las plumas ficticias y descubramos que nos estamos peleando por un pedazo de papel denominado dinero, por un instante de poder, por un pedazo de tierra, y que en realidad solo somos grandes simios africanos con menos pelo, y en la algunos casos, con gran capacidad de procesamiento neuronal pero faltos de tomar buenas decisiones en simbiosis con el planeta y con otros seres vivos, y parafraseando lo que dice kurzgesagt, girando elípticamente en una roca mojada alrededor de una estrella ardiente, olvidando que como esa estrella hay miles de millones en nuestra galaxia (Vía Láctea), y en donde existen miles de millones de galaxias en este universo, claro sin contar los otros universos paralelos o multiversos.

Tal vez cuando uno entiende su insignificancia en relación al Cosmos o cuando nos damos cuenta de que la vida es algo que surge de la selección cumulativa y evolución no aleatoria y sin propósito, en donde los productos anteriores sirven de materia prima para construir el siguiente paso evolutivo, es decir pequeños cambios a lo largo del tiempo derivan en grandes productos, como nosotros; pero el punto esencial es que la evolución no tiene un objetivo a largo plazo o final perfecto representado en cierto organismo, sino que las mutaciones y genes de cierto individuo son puestos a prueba y si tienen lo que se necesita para sobrevivir, en ese momento de presión evolutiva y social, con su carga genética y memética, entonces pasarán a la siguiente generación y así sucesivamente. Además de que la vida compleja se forma a partir de sistemas simples que se autoorganizan.

Para cerrar esta colaboración y dejarlos pensando un poco, recordemos al personaje Melvin Udall, representado por Jack Nicholson en la película “As good as it gets”, cuando tiende a decir todo lo que piensa abiertamente y sin tapujos, sin utilizar “máscaras y plumas”, por lo que es considerado como alguien anormal para desempeñarse dentro de los “estándares” sociales tradicionales y quien en una escena álgida de la película expresa que es “cansado hablar así”, cuando está conteniendo lo que realmente piensa al querer agradarle a Carol Connelly (Helen Hunt) ; o vayamos a una escena más atrás, cuando el señor Udall presenta al personaje de Carol con Simon (Greg Kinnear) y les dice así: “Carol the waitress, Simon the fag”, una vez más sin utilizar el protocolo social establecido.

¿Nos atreveríamos algún día a quitarnos nuestras máscaras y plumajes?

 

 

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