Iniciar de forma simple

Rodrigo Soto Moreno

¿Somos producto del colapso de un universo? ¿O tal vez la creación de código computacional ligado a algoritmos genéticos? Al respecto, John C. Mather, astrofísico, cosmólogo y premio nobel de física, nos dice: “cada vez que nuevos datos corroboran que hubo un Big Bang la gente quiere saber qué hubo previamente. Y si lo averiguamos nos preguntaremos ¿y qué había, antes de eso?”.

Parafraseando a Nick Lane, teníamos a la célula solitaria deambulando y después de millones de interacciones e iteraciones con la presión evolutiva, una célula engulló a otra, creando una endosimbiosis o como lo describe el propio Nick Lane: “El secreto de la vida compleja radica en la naturaleza quimérica de la célula eucariota, un monstruo esperanzador nacido en una fusión improbable hace 2000 millones de años”.

Tomando las anotaciones de Ray Kurzweil, dentro de su libro “The Singularity is Near”, así como las de Kurzgesagt – In a Nutshell, en su video: “Why Alien life woul be our doom – The Great Filter”, tenemos primero una especie de estiramiento del universo hacia todos los lados, es una expansión que continua, como también nos lo dice Kurzgesagt – In a Nutshell, dentro de su video: “The Beginning of everything – The Big Bang”, para tener el surgimiento de la física, con las partículas y antipartículas; posteriormente contamos con la química con los elementos que conocemos gracias a la Tabla Periódica; de la interacción de la materia con los elementos químicos, se produjeron las primeros estructuras de autoreplicación, resilientes y con la información necesaria, contenida en las estructuras atómicas; para dar paso a la biología con los primeros organismos unicelulares y la información contenida dentro del ADN, las interacciones e iteraciones se dieron con la presión evolutiva, para producir los organismos multicelulares; luego se crearon cerebros complejos y las primeras redes neuronales para el surgimiento de las ideas creativas y disruptivas; pasamos entonces de organismos simples a organismos complejos a superorganismos.

Dentro de esas últimas combinaciones multicelulares, después de diversas cadenas de homínidos, surgimos los Homo Sapiens, primero como nómadas, después como sedentarios, al sustentar la civilización con la agricultura. Sin embargo un hito histórico fue el darnos cuenta de que el conocimiento, de boca en boca, se podía perder o distorsionar, entonces construimos la escritura, porque también vimos que no todo cabe en nuestra cabeza, y así las ideas empezaron a proliferar. Utilizamos la piedra, el papiro, el papel, y ahora los bits y bytes de los procesadores de texto, para plasmar nuestros pensamientos y que sirviesen de testimonio de nuestra existencia, pero también para que otros no tuviesen que partir de cero y pudiesen construir a partir de ese conocimiento.

En palabras de Nick Bostrom, dentro de su libro “Superintelligence, Paths, Dangers, Strategies”, se nos explica que los seres humanos al establecerse para cultivar las plantas, hizo que más personas estuvieran juntas y eso se tradujo en la generación de más ideas, es decir a mayor densidad de personas, por ende mayor densidad de ideas y también el que las ideas se propagarán con mayor velocidad y que muchos seres humanos pudieran especializarse en un área del conocimiento. Aunque, como un servidor ha dicho, esto también condujo a que los pseudo Sapiens, aquellos no brillantes sino más bien zopencos y con alta autoestima, pudiesen esconder su ineptitud entre la multitud creciente, aferrándose a su inteligencia maquiavélica.

Hoy en día, esa habilidad para compartir la información y el conocimiento, se ha potenciado gracias a las tecnologías de información y, como dice Yuval Noah Harari, dentro de su libro “Sapiens”, gracias a tres revoluciones que transformaron al Sapiens:

  1. Revolución Cognitiva hace unos 70,000 años
  2. Revolución Agrícola hace unos 12,000 años
  3. Revolución Científica hace unos 500 años

Esto sumado a lo que hemos dicho en relación a que hemos tenido cuatro revoluciones industriales, como nos lo dice Wikipedia, la primera entre el siglo 18 y 19, cuando las sociedades rurales se transformaron en industriales y urbanas; la segunda entre el 1870 y 1914 cuando se tuvo expansión de la economía gracias al acero, el petróleo y la electricidad para la producción masiva; la tercera alrededor del 1980, se refiere a una revolución digital con la computadora personal, el internet y las tecnologías de información y comunicaciones; y la cuarta explicada por Klaus Schwab como una nueva era de las máquinas con la inteligencia artificial, la robótica, la computación cuántica, la nanotecnología, la impresión 3D y el internet de las cosas.

En este tenor, lo interesante es analizar el punto de dónde venimos y hacia dónde queremos ir, especialmente considerando lo dicho por el gran Stephen Hawking, cuando nos refiere que la capacidad del planeta para sustentar vida está en riesgo, derivado de impactos de asteroides, el cambio climático, las epidemias y el crecimiento poblacional, hacen que debamos pensar en una estrategia para colonizar otros planetas y lo anterior es un plazo no mayor a 100 años de vida.

Para iniciar esa travesía, considero importante, tomar en consideración que existe un algoritmo evolutivo que diseña todo lo que vemos a nuestro alrededor, y que todos los organismos vivos ocupan un nicho de mercado biológico importante, para que exista simbiosis y endosimbiosis en el planeta. Es así que todos somos uno y uno somos todos, como lo hemos dicho con la estructura holónica, refiriéndonos al holón de Arthur Koestler, donde algo es una parte y un todo al mismo tiempo. Un ejemplo claro de esto son los fractales, quienes se comportan como una parte y un todo, también podríamos tomar los ejemplos de abejas, hormigas y termitas quienes son una parte y al ser un todo son un superorganismo.

Ese algoritmo del que hablamos, ligado a la evolución de Darwin, como un proceso gradual de replicación imperfecta, sometida siempre a presión del medio ambiente o presión evolutiva y el paso del tiempo, son los mecanismos que nos dieron origen. Por ejemplo, en palabras de Nick Bostrom: “Sabemos que el proceso de evolución ciega, puede producir inteligencia al nivel general de los seres humanos, esto debido a que ya se ha hecho por lo menos una vez”.

También es necesario escuchar las sabias palabras de Nick Bostrom, cuando nos habla de nuestra inteligencia y dice: “Lejos de ser la especie biológica más inteligente posible, probablemente nos debemos considerar como la especie biológica más estúpida posible capaz de iniciar una civilización tecnológica – un nicho cubierto por nosotros porque llegamos primero, no porque en ningún sentido nos adaptemos de manera óptima”.

Por ello, la imperiosa necesidad de apoyarnos de la tecnología computacional, de la inteligencia artificial, como en su momento nos apoyamos de las rocas, los papiros, el papel y posteriormente los bits y bytes de los procesadores de texto, para guardar, acumular y transmitir información y conocimiento; pero ahora para agilizar el proceso evolutivo de la inteligencia humana, aumentándolo y creando nuevos receptáculos para la caja cerebral, así como para nuestro organismo. Es decir como en su momento dijimos convertirnos en ciborgs y así prolongar la esperanza de vida, siempre cuidando la calidad de la misma.

Para todo esto debemos iniciar de forma simple, con un paso a la vez. Por eso captó mi atención el trabajo realizado en http://openworm.org, en donde científicos y tecnólogos pudieron crear el primer cerebro virtual, copiando las 302 neuronas de la C. elegans en un robot Lego, para que este interactuara como lo haría una lombriz o un nematodo, como es en este caso. Se trata entonces de mapear el cerebro de la C. elegans, para posteriormente trabajar como al ingeniería a la inversa, para tal vez en un futuro no muy lejano, el que podamos descargar nuestro cerebro a otro receptáculo.

Como nos dice Marissa Fessenden, dentro de su artículo “We’ve Put a Worm’s Mind in a Lego Robot’s Body”, publicado en Smithsonian Magazine, es crear un mapa de las 302 neuronas de la C. elegans, simularlo, convertirlo en software, para posteriormente poner ese programa en un robot Lego. Al final, como la propia Marissa comenta, el cerebro es una colección de señales eléctricas y químicas, por lo que al catalogar digitalmente esas señales, en teoría podríamos cargar o subir nuestras señales cerebrales a una computadora y de esa forma adquirir la inmortalidad digital.

Pero de nueva cuenta, todo esto debe ser de forma simple, realizando la ingeniería de nuevos algoritmos que pueda captar el proceso cognitivo básico, para trasladarlo en un bucle de información, buscando el progreso recursivo, donde la inteligencia artificial pueda ayudarnos a mejorar las versiones anteriores de esta evolución guiada por bits, bytes y código genético. De esta forma podremos aspirar no solo a descargar o subir nuestro cerebro a una computadora, sino a hacer una versión más inteligente de nosotros mismos. Una que pueda no solamente escapar y poblar otros planetas, sino que también se preocupe por rescatar la Tierra, manteniéndonos en simbiosis con las demás especies y organismos que cubren nichos de vital importancia. Todos somos valiosos en el esquema de diseño ingenieril biológico de la naturaleza.

Por último, aquí podamos ver lo relativo al cerebro virtual de la C. elegans:

 

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