Escapar del punto de expiración.

Rodrigo Soto Moreno

Confieso tener gran fascinación que guardo en relación a la configuración de raíces entre plantas y hongos en donde comparten nutrientes y también información. Similar a lo que sucede cuando cada uno de nosotros utiliza el internet y damos rienda suelta a alimentar nuestros disparos neuronales y obviamente el cerebro, y soñar en concretar aquella idea creativa que logré ser un punto de inflexión o disruptivo en nuestro camino evolutivo, especialmente en lo referido no dejar de existir o huir del dejar de ser.

Hace un par de semanas regresé a la senda del ejercicio; no fueron aquellas épocas gloriosas de correr a toda velocidad y alcanzar los 10 kilómetros en un tiempo competitivo, sino más bien fue un paso constante con pequeños brotes de trote ligero, pero cumpliendo de igual forma la consecución de la meta al cubrir el circuito y quedarnos dentro del promedio de ese kilometraje mencionado.

A pesar de llevar poco tiempo en este menester, ya he sentido la grata satisfacción del ejercicio aeróbico sumado al reforzamiento de los latidos del órgano muscular que todos debemos cuidar, es decir el corazón, con miras a engañar al decaimiento celular y extender así nuestra esperanza de vida, para escapar del momento de expiración, del tiempo en donde no seamos más, en donde dejemos de existir en esta realidad.

La importancia de lo anterior radica en que cada uno de nosotros cuenta, por así decirlo, con una fecha de caducidad en donde nuestra reparación celular terminar por agotarse o algún error en nuestro sistema permite que células dañinas se repliquen de forma descontrolada, pavimentando en camino para el cáncer.

Con esto debemos recordar que nada es para siempre, pues todo tiende a expirar, a desgastarse, a fallar, a llegar a su punto de declive (caída), para al final no ser más; esa misma condición se aplica a la vida del planeta, de nuestro sol, de las galaxias; incluso este universo tuvo un principio y seguramente tendrá un fin; tal vez para reciclarse y formar un nuevo universo, en un eterno retorno de lo no idéntico parafraseando al gran Nietzsche, con otra combinación de sistemas planetarios, de galaxias, de materia, de partículas y antipartículas, con un sistema planetario que contenga un Sol y planetas en la zona de “ricitos de oro” para que alberguen vida y esperemos que dé cabida para seres inteligentes, con marco ético de comportamiento, superiores a nosotros y que sean capaces de no dañar su planeta o descuidarlo como desgraciadamente lo hemos hecho nosotros.

Pensé en todo esto, cuando en mi caminar pude observar en el suelo diversas semillas de los árboles circundantes, quienes en su resiliencia buscan perpetuar su código genético al esparcir sus unidades de información (semillas) para que su descendencia continúe y una parte de ellos siempre prevalezca, similar a lo que hacemos nosotros cuando tenemos una hija y generamos vida, teniendo en cuenta que el 50% de ese código genético (en nuestra descendencia) es nuestro y por ende no morimos, mientras se perpetúe esa transmisión de genes egoístas.

Volviendo con los árboles, especialmente aquellos que me acompañan en mi caminata, admiro la grandeza y función de que con sus ramas protejan a los corredores de los rayos solares, creando un clima relativamente fresco para todos aquellos que buscamos escapar del inexorable destino de ciertas fallas dentro del programa en nuestro código de ADN, y decaer y dejar de existir en esta realidad.

Con esto me refiero a que cada uno de los seres vivos están programados para apagarse; donde podríamos decir que curiosamente venimos precargados con un código único y especial, mismo que en cierto momento dejará de funcionar correctamente y se apagará por completo; y todo esto modificándose constantemente con la presión evolutiva a la que estamos sometidos, y en donde juegan un papel muy importante tanto nuestro código genético heredado como el código memético adquirido, así como las decisiones que tomemos en la ruta evolutiva.

Pero bueno, como suele decirse, no todo está escrito, solo una parte y el resto corresponde a nosotros redactarlo, editarlo y publicar la versión final. La decisión pareciera estar en cada uno de nosotros, pero si bien hemos computado y codificado la información en beneficio de nuestro progreso evolutivo, nos ha faltado procesar los datos de forma colectiva para que nuestro algoritmo evolutivo pueda avanzar mucho más rápido y encontrar esas rutas o puertas evolutivas para escapar de este proceso de expiración o decaimiento celular o caducidad.

Desde mi perspectiva es momento de empezar a trabajar como un colectivo, como un verdadero superorganismo, tomando como ejemplo todas aquellas configuraciones biológicas que nos presenta la naturaleza, con el esquema de trabajo de las hormigas, las termitas, las abejas y por supuesto también las plantas y los árboles y su relación con los hongos; donde predomina la comunicación holística, la cooperación, la falta de mando central, la autoorganización y el construir sistemas complejos a partir de sistemas simples o unidades de información.

Como lo ha dicho Oliver Luckett y Michael J. Casey, dentro de su libro The Social Organism, el algoritmo de la evolución se encamina hacia el altruismo y hacia la cooperación, en donde dentro del ajedrez de la vida, las sociedades en donde se tiene un líder con mando central en donde solo se preocupa por su beneficio, pueden correctamente evolucionar hacia un modelo en donde los individuos se den a la tarea de colaborar hacia un interés común, considerando el bien personal y el colectivo.

El nuevo modelo, tomando las excelentes aportaciones de Luckett y Casey, en el gran libro The Social Organism; ahora la economía global se encuentra interconectada gobernada por el libre flujo de ideas y de información, es decir teniendo como premisa básica el compartir conocimiento mediante una red donde el código abierto (open source computing), colaboración abierta (crowdsourcing)  sean los que prevalezcan y en donde la aportación de todos aumente el valor final del producto, pero siempre respetando la locura de los grandes hombres o el “stormannsgalskap”, quienes muchas veces son más creativos solos que trabajando en equipo.

Lo aquí descrito se centra en que construyamos sistemas auto adaptables, auto organizados como bucles de información repetitivos, en donde por cada ciclo que se genera se alimenta al sistema global, y siempre volteando hacia la naturaleza para replicar el funcionamiento cooperativo y colaborativo en las redes de mycorrhiza (raíces de árboles y hongos), cuando hablamos de la asociación de hongos con las raíces de las plantas, donde el hongo recibe comida en forma de carbohidratos, y ayuda a la planta a obtener más agua, así como proveerle fósforo y nitrógeno como nutrientes, además de que ambos seres vivos intercambian datos e información similar al internet que utilizamos los seres humanos hoy en día.

La gran oportunidad de los seres humanos, para evitar decaer y dejar de existir, enfrentarnos a esa lucha entrópica a la que estamos sometidos desde que nuestras células interactúan con el medio ambiente, a la presión evolutiva y la oxidación, reside en conectar a todas las mentes creativas y entonces trabajar en realizar disparos neuronales al unísono para resolver problemas sociales que rieguen beneficio colectivo pero respetando el trabajo individual y patentes de las mentes de los grandes Sapiens que han revolucionado el progreso de la humanidad, y crecer juntos como un superorganismo. Imaginemos por un momento la capacidad de esa red neuronal para abrirnos nuevas puertas o caminos evolutivos, para conquistar otros planetas, para dejar de estar atrapados en este punto pálido azul, como se ha referido Carl Sagan a la Tierra, al cual debemos cuidar y procurar pero también pensando en la necesaria exploración espacial tripulada y pienso que así podríamos evitar decaer, escapar de este punto de expiración a la que estamos sujetos como seres biológicos.

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