Emergimos con nuestra resiliencia

Rodrigo Soto Moreno

No cabe duda que somos una especie adaptable, pues hemos sido capaces de modificar nuestro entorno para hacerlo más habitable, aunque también hemos iniciado el Antropoceno, dejando nuestra huella hídrica, huella de carbono, así como contribuido a la contaminación de la tierra y del mar y por ende al aumento de la temperatura con el conocido cambio climático.

Aunado a esto sigo maravillado en que hayamos llegado hasta este punto; iniciamos compartiendo el planeta con otros homínidos y diversas especies de animales, fuimos nómadas, cazadores, recolectores, agricultores; y seguimos siendo exploradores, científicos por naturaleza y aplicadores de la tecnología en aras de mejorar nuestra esperanza y calidad de vida.

Decía Jacob Bronowski, matemático e historiador científico británico, al iniciar su programa “El Ascenso del Hombre”, que fue un documental de 13 capítulos producido por la BBC, que el ser humano es una criatura singular, pues tenemos una serie de cualidades que nos permiten no solo ser una figura en el paisaje, sino que somos un moldeador del paisaje.

Sumado a lo anterior, los seres humanos contamos con una gran capacidad de resiliencia, similar a la de las plantas, adaptándonos a la adversidad, pero con la modalidad de crear una serie de algoritmos y sistemas computacionales que nos alertan sobre ciertas fallas, antes de que sucedan, como cuando en el tablero de un automóvil se prende el aviso de “check engine” para decirnos que es necesario revisar el motor y por ello llevar el auto con un mecánico calificado.

Sin embargo, si nuestros sistemas llegan a fallar, también contamos con la capacidad de autoorganizarnos, rebotar y resurgir renovados para contrarrestar a la presión evolutiva, al decaimiento celular, a la entropía, siempre con miras a tener nuevas rutas o alternativas para solucionar determinado problema y bajo el influjo del humanismo y la cooperación de los disparos neuronales creativos de todos nosotros.

Hablo de todo esto porque recientemente elaboré una participación titulada: “No necesitamos mando central”, en donde hablaba en relación a que la naturaleza no cuenta con un jefe, ya sea director, dictador, gobernador, presidente, guía, líder, cabecilla, dirigente, que le diga qué hacer y hacia donde encaminar sus esfuerzos y muchos menos tiene alguien a quien rendirle tributo, pleitesía, además de pagarle un impuesto que no le reditué.

Pero al parecer nosotros no habíamos entendido esa lección de la naturaleza, pues nos empeñamos en colocar líderes públicos y privados, pero específicamente me refiero a la gran mayoría de los políticos, quienes no tienen la capacidad para liderarnos y guiarnos hacia el progreso evolutivo, además de trabajar constantemente en convertir el dinero público en privado, para después ingresarlo a sus “bolsillos”.

Lo sorprendente es que, a raíz de los acontecimientos recientes del sismo del 19 de septiembre de 2017 en México, pudimos observar que los ciudadanos fueron los primeros en autoorganizarse y responder para ayudar a recoger escombros, rescatar a personas atrapadas, enviar ayuda en especie o con dinero, así como crear un sistema para determinar dónde se requería qué y cuánto.

No solo fue solidaridad de todos los mexicanos, quienes hacían cadenas humanas para sacar escombro de los edificios, casas y escuelas, sino que sobraban las manos para auxiliar y con motivo de esto, se redistribuyeron los roles de cada quien, aludiendo a que cada quien, de acuerdo a sus capacidades y cualidades, cruzando esa información en relación a las necesidades, aplicando programación lineal para determinar lo que era urgente y lo que era importante.

Por otro lado, diversos medios de comunicación, así como la sociedad por medio de las redes sociales, se encargaron de exhibir a un gobierno desorganizado, distante, sin empatía, corrupto y frívolo. Asociado a esto surgió una desconfianza general de quienes queríamos enviar ayuda, ya fuese en especie o en donaciones monetarias, pues se nos aconsejó tachar el código de barras y ponerle alguna leyenda ligada a que era producto para los afectados por el sismo, para evitar que se guardasen y fuesen utilizados con fines políticos en alguna campaña. Para el caso del dinero, todavía nos preguntamos si existirá transparencia en cuanto a certificar los montos donados, tanto por los connacionales como por los internacionales, a fin de estar ciertos que todo se aplicó a los afectados.

No me imagino a los habitantes de un país de primer mundo que tengan dudas en relación a que, si va a llegar o no cierta ayuda, a los necesitados o afectados por cierto embates de la naturaleza. Pienso que las sociedades avanzadas, en donde los ciudadanos cuentan con injerencia sobre el gobierno, no tienen duda alguna de que cierta ayuda, de nueva cuenta, ya sea en especie o en dinero, llegue al destino final que se pretende.

Ante esto, la cuestión es analizar lo siguiente: si en una situación de crisis, como lo fue el sismo reciente, los ciudadanos pudieron “tomar las riendas” y cooperar para ayudar a los más necesitados, entonces ¿no podemos hacernos cargo de la operación del país? Yo considero que sí. México cuenta con un capital humano y capital intangible muy valioso, y lo podemos obtener de la sociedad civil, de las universidades, de los centros de investigación, entre otros. Lo importante es dejar a un lado nuestras diferencias y trabajar cooperando como un superorganismo, entendiendo que debemos operar como una sola unidad representada en diferentes individuos, pero en donde todos funcionan al unísono para el todo y para el uno.

Gracias a la tecnología y la comunicación en redes sociales, nosotros podemos establecer algoritmos y programas para determinar las necesidades sociales y la forma en que se pueden resolver aplicando la red neuronal de nuestros disparos creativos, ligados a la producción de soluciones tangibles y de bajo costo. Todo esto de nueva cuenta sin la necesidad de un mando central, pues como lo dijo Henry David Thoreau: “el mejor gobierno es el que gobierna menos”.

Elaboro esta pequeña colaboración porque en verdad me preocupa que estemos poniendo en riesgo nuestro progreso evolutivo, pues el modelo holónico, en donde algo es una parte y un todo al mismo tiempo, libre de estructural central y vertical de mando, es el futuro para que nuestros cerebros, con la tasa de procesamiento neuronal, puedan absorber, procesar y transmitir información, para que a partir de ello empecemos todos a escribir el nuevo código evolutivo, sin la necesidad de mando central, integrando el ADN y  el código computacional.

Recordemos que, como exploradores y científicos innatos, es momento de unirnos, cooperar y trabajar en equipo no solamente para rescatar el país y alejarlo de quienes tienen intereses personales y no colectivos y sociales, sino también trabajar para volver a estar en simbiosis con el planeta y dejar de lesionarlo con nuestra huella hídrica, huella de carbono y el cambio climático.

Somos minúsculos comparados con el Cosmos, pues recordemos que de acuerdo al Calendario Cósmico de Carl Sagan, en donde tenemos la historia del Universo comprimida en 365 días del año. Así que, si consideramos que el primer segundo del 1 de enero inicia el Big Bang, y cada mes representa un poco más de un billón de años, podemos decir que la historia de nuestra civilización está resumida en los últimos segundos del 31 de diciembre.

Ojalá que este desastre natural pueda abrirnos los ojos y darnos cuenta de que si en un momento de crisis, la sociedad civil tomó el control del país para solucionar las necesidades apremiantes, entonces seguramente podremos “tomar las riendas” del país sin la necesidad de los mandos centrales, sino con la operación y cooperación de cada uno de nosotros.

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