Aún teniendo la sangre fría…yo también aprendo.

Desde el momento en que abrimos nuestra percepción hacia el mundo, principalmente con el contacto con nuestra Madre,  aún dentro de su vientre, iniciamos un complejo proceso cognitivo que nos permite tener un acercamiento con la naturaleza, aunado a un intercambio social con otros seres vivos, pero principalmente con otros de nuestra misma especie. En este tenor, estamos seguros de cada contacto físico y social, resulta vital para nuestro desarrollo cerebral y futuro acercamiento, o en su defecto alejamiento, de la sociedad como tal, así como de posible éxito o fracaso socioeconómico.

Hablamos entonces de la necesaria interacción social, no solamente de nuestra especie, sino de todos los seres vivos, para potenciar nuestras tasas de procesamiento neuronal, acrecentar la plasticidad cerebral, ampliar nuestra experiencia y sobre todo el conocimiento, para sobrevivir ya sea en la selva tradicional o en la de asfalto.

En este sentido, me dio gusto encontrarme con un escrito de Jason G. Goldman, publicado en Scientific American y titulado: “Cold Blooded Cognition: Social Cognition in a Non Social Reptile”, en donde se inicia argumentando que algunos investigadores que se dedican a estudiar la cognición en mamíferos o aves, se olvidan de analizar a otras especies, por el simple hecho de inferir que no cuentan con una inteligencia destacada. Este argumento se incrementa cuando se habla de los reptiles, en donde se les ha menospreciado por su sangre fría y la forma en que se llevan a cabo los experimentos, en cuartos sin calor, mismos que limitan su interacción para demostrar sus capacidades y habilidades de aprendizaje.

Sin embargo, Goldman comenta, que un grupo de investigadores de la Universidad de Viena, señalan tanto los reptiles, las aves y los mamíferos, provenimos de un ancestro amniótico (Del amnios o relativo a esta membrana interna que envuelve el embrión) en común, por lo que debemos compartir rasgos de morfología y comportamiento.

Siguiendo aquí, Goldman nos recuerda que la habilidad para aprender de las acciones de otro individuo de nuestra especie, resulta una estrategia adaptativa y para mi gusto, determinante directo con la evolución de cada ser vivo. Está claro y lo sabemos, como lo describe Goldman, que los animales que son más sociables, como peces, insectos, pájaros y los mamíferos, pueden aprender cómo resolver ciertos problemas, simplemente a observar a otros, de su especie, hacerlo.

Volviendo al esfuerzo por reivindicar a los reptiles y su cognición, Goldman, nos habla de ciertos experimentos de Anna Wilkinson y sus colegas, en donde utilizaron a la tortuga terrestre de patas rojas (Chelonoidis carbonaria), poniéndole un juego en el cual la tortuga en cuestión tenía que alcanzar la comida, que se encontraba detrás de una estructura de plástico transparente en forma de V.

El primer grupo de tortugas, sin previo aprendizaje, nunca pudo lograr llegar al alimento. Algunas se estrellaban sobre la barrera invisible, sin lograr nada, mientras que otras simplemente se dormían por falta de éxito. Sin embargo, cuando a una tortuga del segundo grupo se le enseñó la estrategia de rodear la estructura plástica, para alcanzar el ansiado alimento, claro después de aproximadamente 150 intentos, sumado a que sus compañeras o compañeros, vieran la estrategia aprendida para comer, los resultados cambiaron drásticamente y la mayoría de las tortugas pudo eludir la barrera con facilidad y alimentarse.

En este estudio lo importante a señalar es, según Goldamn, el asumir implícitamente que el vivir en grupos sociales promueve la evolución del aprendizaje, no es complemente cierta, pues las tortugas demostraron, siendo solitarias y sin grandes relaciones sociales, que tienen la capacidad de usar información social para resolver un problema determinado. Para Goldman, está claro que estos estudios demuestran que el vivir socialmente no es prerrequisito para el aprendizaje social.

Para mí, la clave se encuentra en el antepasado en común mencionado, en donde diferentes células unicelulares se organizaron para crear seres multicelulares y bajo el esquema de cooperación emergieron para aprender de su entorno, de sus semejantes, de otros y sobrevivir. Claro, cada uno de nosotros aprende a diferentes velocidades y almacenamos y usamos de diferente forma la información, pero contamos con una genética predispuesta a recolectar información valiosa en miras de continuar caminando en nuestra ruta evolutiva.

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