Entre ser agradable o no…

Recordando algunas de mis películas favoritas, me vino a la mente la titulada “Una Historia del Bronx”, dirigida por Robert De Niro, actuando él también, así como escrita y la participación en escena de Chazz Palminteri.

Aparte de que la película es muy buena, existe un diálogo que captó mi atención desde tiempo atrás. Resulta que en escena se encuentra Sonny (Chazz Palminteri) un jefe mafioso y Calogero (Lillo Brancato), en donde este último le pregunta a Sonny: ¿Qué es mejor ser temido o amado? A lo que el jefe mafioso responde: “Sería bueno ser los dos, pero es muy difícil. Si se tratara de escoger, yo preferiría ser temido. El miedo dura más que el amor. Las amistades que se compran con dinero, no significan nada”.

Y continúa diciendo: “mira lo que sucede conmigo, yo hago un chiste y todo mundo se ríe; sé que soy chistoso, pero no tan chistoso, es el miedo lo que mantiene a mis hombres leales a mí.  Pero el truco es no ser odiado, por eso trato a mis hombres bien, pero no demasiado bien, si les doy demasiado entonces no me necesitarían, por lo que les doy lo suficiente para que me necesiten, sin que me odien”.

En mi breve experiencia de la vida, creo que parece que muchos jefes adoptan esta postura, pues creen que es mejor ser temidos, que ser agradables o amados y que gracias a su estrategia de crear miedo, es por lo que se mantienen firmes en su posición de mando.

Apoyándonos en la perspectiva científica, tenemos el escrito de Daisy Grewal, titulado: “When Nice Guys Finish First” y publicado en Scientific American, se nos dice que las personas agradables son más generosas, consideradas de otros, beneficiándose de relaciones personales y en el trabajo. Además de que son más propensos a ser contratados para un puesto, así como mantenerse en el mismo por largo tiempo.

Sin embargo, el ser agradable tiene su costo, pues de acuerdo a Grewal, la gente buena tiende a ganar menos que sus colegas más demandantes, al igual que no ser tomados en cuenta para una promoción en su trabajo.

Por ejemplo en un estudio, mencionado por Grewal, realizado en la Universidad de Stanford, el profesor Nir Halevy y sus colegas le dieron a unos individuos 10 fichas, que se las podían quedar y recibían 2 dólares, las podían donar a su grupo cercano y recibir 1 dólar o darlas a un grupo colectivo más amplio y recibir 50 centavos de dólar.

Los resultados arrojaron que los participantes tuvieron mayor respeto y admiración a los individuos que dieron sus fichas a su círculo cercano, pero catalogaron como menos dominantes a quienes contribuyeron al grupo colectivo más amplio.

Como lo he dicho en otras aportaciones, lo que sucede en esta situación es la lucha genética entre la inteligencia maquiavélica y el primate samaritano.

Por un lado tenemos a individuos que con su ansia de poder, puede caer en una megalomanía, trabajando con estrategias que les beneficie a ellos, claro dándole algo a su grupo cercano o guardia pretoriana para que lo protejan, pero sin darles demasiado porque lo pueden dejar o traicionar, al dejar de necesitarlo.

Mientras que por otro lado, contamos con individuos que tienen la capacidad de ponerse en los zapatos de otros y mostrar empatía para atender las necesidades colectivas en un estilo de equilibrio de Nash, en donde se busca maximizar la ganancia hacia la mayoría de los participantes.

La síntesis que podríamos ofrecer en este sentido, es que efectivamente se prefiere a los jefes o líderes con cierta malicia, que se impongan y que sean temidos, pero deben tener mucho cuidado, ya que si causan odio hacia sus subordinados, entonces pueden esperar que el dicho de que “el valiente vive hasta que el cobarde quiere” se haga realidad. Además de que no deben olvidar que en el tablero de ajedrez socioeconómico, también un peón puede hacer jaque mate.

Desde mi perspectiva, una tiranía y un tirano, en cualquier ámbito, se va a colapsar sobre sus propios cimientos, pues construye lesionando, pero si por alguna razón no cae, entonces nosotros como sistemas emergentes debemos derribarlo y aplastarlo, dejando una advertencia a otros megalómanos.

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