Antes de entrar en el río, comprendí que ni él ni yo éramos los mismos

Revista número 97, del 11 al 24 de septiembre de 2009, páginas 12 a 16

Basil Hallward tenía un importante encargo: detener el tiempo y captar un momento de espacio-tiempo, no sólo temporal, con unos trazos de su pincel, tan precisos, que atraparan la esencia del cliente en el retrato.

Justamente cuando pensaba lo anterior, dio un toque más. Había terminado su trabajo. Su obra hablaba por sí misma. Como pintor, se sentía  asombrado y satisfecho por lo que había logrado; y, para confirmarlo, había que enfrentarse a las críticas. Para esto, ¿qué mejor que enseñarla al dueño?

Mientras tanto, el señor Gray se encontraba nervioso y ansioso por ver su retrato. Súbitamente fue llamado, y mientras caminaba hacia su destino, no sabía qué esperar. Realmente, no creía que fuera a reconocerse en la pintura. Sus expectativas eran pobres. Llegó a posarse frente a la pintura y, cuando la comenzó a observar, sintió un como cosquilleo que le invadía la piel y lo hacía suspirar. En resumidas cuentas, quedó anonadado y sin palabras. En verdad, el retrato lograba captar la belleza pura de su figura, y lo hacía verse como si tuviera vida propia.

De manera similar a como le pasó a Miguel Ángel con su Moisés, tanto Gray como Hallward esperaron en algún momento que la pintura les hablase, o por lo menos se moviera. Fue ahí cuando Gray pensó, mirando hacia el cielo, que era precisamente así como quería verse eternamente. ¿Por qué envejecer? ¿Por qué no permanecer atrapado en el tiempo y cautivar al mundo con su belleza? Al final, Gray compartía el pensamiento de su amigo, Lord Henry, de que “lo único que vale la pena en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos”.

En realidad, muy dentro de sí, Gray pensaba que el objetivo primario de la conservación de su belleza era la estática del tiempo; engañar a las células y que éstas dejaran de envejecer y programarse para morir. Poco sabía él que ese pensamiento, tal cual, iba a ser una orden para la pintura que Basil había hecho, y fue así como el retrato de Dorian Gray absorbió el envejecimiento de su dueño. Éste no cambiaba, no envejecía; se mantenía exactamente igual.

Sin embargo, para el cuadro, los años y los excesos de Dorian no pasaban en vano. La figura pintada en él, de aquel joven fresco y bello, distaba mucho de la actual, que era la de un viejo decrépito y deforme, que nunca hubiese sido reconocido como el señor Gray.

La conocida novela de El Retrato de Dorian Gray, de Óscar Wilde, recurre a diferentes deseos muy codiciados por la raza humana: la vanidad, la juventud, el evitar la muerte, entre otros.

FRENAR EL TIEMPO

Supongo que a muchos seres humanos nos ha pasado que, cuando nos miramos al espejo, quisiéramos implorar a la madre naturaleza que nos concediera frenar el paso de los años en nuestro cuerpo; pero, claro, no en nuestra mente; es decir, que la experiencia de un ser humano no se reflejase en las canas o en la falta de pelo y las arrugas, sino en las conexiones neurales del cerebro y nuestra tasa neurálgica de procesamiento.

Ineludiblemente cambiamos, pues nuestras células prosiguen su desarrollo y se dirigen hacia su muerte inexorable. Según estudios científicos, cada uno de nosotros tenemos programada la muerte, (siempre y cuando no sea adelantada por un fenómeno externo a nuestro cuerpo).

Se podría decir que, desde que nacemos, nuestro cuerpo tiene codificado cada uno de los cambios necesarios en el desarrollo biológico, para que vayamos creciendo, nos vayamos desarrollando, nos reproduzcamos dejando la herencia en nuestros genes y poco a poco nos conduzcamos hacia el momento en que nuestro sistema tiene calculado y ordenado que debe desconectarse y nuestras células, fieles y obedientes, se pongan en modo de “apagado”, para que nosotros, seres humanos, no seamos más.

TRANSFORMACIÓN DE LA MATERIA

Por lo anterior, debemos pensar que, de acuerdo con la ley de conservación de la materia, ésta no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma, e inferir que no hay muerte, y que simplemente cambiamos a otro estado. En cierto modo, nuestra energía no se termina; sigue existiendo en algún otro lugar. Químicamente, nos fusionamos con otros elementos para, tal vez, manifestarnos de otra forma, y, tomando la poesía física del divulgador científico Carl Sagan, cuando todo se enfrié y el universo no sea más, entonces nos convertiremos en polvo de estrellas nuevamente, para que se cree la vida en otro planeta.

Desde el inicio de éste universo, aparte de la constante del calor que podemos asociar con la vida, tenemos la constante del cambio. Comenzando con la singularidad del “Big Bang”, iremos a terminar en un “Big Crunch”, mientras que, entre ambos períodos, el cosmos ha experimentado una infinidad de cambios, que, entre todos ellos, nos trajeron a este planeta, gracias a la mezcla de elementos químicos adecuados para la vida o lo que conocemos como “sopa primigenia”.

Posteriormente, toda una serie de cambios físicos, químicos y biológicos formaron los primeros organismos celulares, para transformarse después en pluricelulares y construir la vida en el planeta, hasta conseguir seres tan complejos como los seres humanos.

Podemos tomar un breve ejemplo de Bill Bryson. En la introducción de su libro: A Short History of Nearly Everything, nos felicita como lectores, pues nos explica sintéticamente lo complejo de la existencia de un ser humano. Nos dice lo siguiente: “En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular, que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años (tenemos esa esperanza), estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia”.

Es así como, concretamente, logramos decir que la palabra “vida” lleva consigo impresa la palabra “cambio”. Nuestra experiencia de vida, analizando todo nuestro entorno, nos hace cambiar constantemente. De ahí el profundo pensamiento de Heráclito de Efeso, filósofo griego, que nos dice: “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”.

CAMBIO CONSTANTE

Para Heráclito, el hombre se encuentra en un ciclo de cambio. Cada espacio de tiempo que vamos experimentando nos hace un nuevo hombre. Tampoco el medio que experimentamos es el mismo, sino que, al igual que el hombre, cambia. El ambiente al que alguna vez nos expusimos, igualmente cambió. Por eso, a pesar de que crucemos el río en el mismo lugar, el flujo constante del río lo convierte en otro diferente, y el hombre que alguna vez lo cruzó en ese mismo punto, ya no es el mismo tampoco. Todo lo que observamos está en un cambio que se prolonga cíclicamente. Nada se encuentra estático; todo está en moviéndose y transformándose.

Simplemente, lo que puede parecernos estático y que no experimenta cambio alguno está en movimiento. Por ejemplo, en un objeto en estado sólido, cuyos átomos están muy juntos, éstos se siguen moviendo constantemente, aunque no lo podamos percibir. No tendríamos  movimiento si entráramos en estado de congelación (cero absoluto) donde no tuviéramos movimiento de átomos, disminuyéramos la energía en un sistema y transformáramos la vida como la conocemos.

En este punto, como lo mencionamos antes, el universo se colapsaría, para desaparecer y entrar en un nuevo período de expansión, para crear vida otra vez. Vivimos, según creo y según lo han divulgado diversos científicos, como Michael S. Turner, en donde el universo no tiene fin aparente, sino que estamos dentro de un ciclo de expansión, colapso y nuevamente expansión del universo.

Repetimos aquí que la constante de vida, como la ha descubierto la ciencia, es el calor. Sin la energía emanada del movimiento de los átomos todo se colapsaría o tal vez pasaríamos a un estado de hibernación atómica, esperando esa chispa de luz que vuelva a dar inicio a la vida. Tomando en consideración lo expuesto por Turner y al estilo de Nietzsche, estamos dentro del “eterno retorno de lo idéntico”, aunque eso que parece idéntico está transformándose incesantemente.

ASPECTO NEURONAL

Cambiando un poco de tema, algo notable que nos falta analizar, en este breve escrito es el cambio en nosotros mismos como seres humanos, pero desde el punto de vista neuronal.

Es decir, entrando en el análisis de la mente humana, Nikolas Westerhoff, en su artículo “Set in our ways: Why change is so hard?”, ejemplifica cómo los seres humanos queremos comprometernos fielmente con el cambio, y nos sentimos motivados por el simple hecho de pensar en éste. Recordemos aquellas veces en que hemos augurado que mañana va a ser el gran día en que dejemos de fumar, en que hagamos ejercicio, en que tomemos ese examen, en que le hablemos a esa mujer especial, entre otras cosas.

Pero, para Westerhoff, la edad del cambio difícilmente se presenta después de los 30 años. Hablamos de que los seres humanos antes de los 30 años, estamos más dispuestos a experimentar cosas, ser aventureros, dejar todo por un sueño, etcétera, lo que no ocurre una vez que pasamos esa edad.

En un estudio del psicólogo dela Universidadde Oregon, Sanjay Srivastava, donde participaron 130 mil individuos de21 a60 años, encontró que los hombres se encuentran más predispuestos a nuevas experiencias cuando alcanzan la edad adulta, que las mujeres. Sin embargo, cuando se alcanzan los 30 años de edad, esa facilidad para buscar nuevas emociones se va diluyendo de forma más rápida en el hombre que en la mujer.

CAMBIO DE PERSONALIDAD

Siguiendo con Westerhoff y su artículo, menciona los estudios de personalidad de Rainer Rienmann dela Universidadde Bielefeld en Alemania, quien explica que los seres humanos salimos al mundo en busca de nuestra otra mitad. Posteriormente, tanto hombres como mujeres tenemos que hacernos cargo de nuestros hijos y luego de nuestros nietos. Estamos de acuerdo entonces con Rienmann, en que esas tareas requieren de un compromiso consistente y forman parte de la catálisis del cambio de personalidad.

Como resultado de lo anterior, cuando se tiene una carrera profesional y una familia estable, las nuevas experiencias, a pesar de que traen innovación, no son bienvenidas, pues se interpretan como caos, inestabilidad e inseguridad. Aunque en muchas ocasiones afirmemos que no nos agrada la rutina y que preferimos romperla con emociones y sorpresas placenteras, Westerhoff nos dice que, al final del día, el ser humano se convierte en una criatura de hábitos y rutinas.

Para Gerhard Roth, dela Universidadde Bremen, Alemania, “el cerebro siempre busca automatizar las cosas y crear hábitos; es así como, manteniéndonos con lo que funciona y da resultado en nuestras vidas, y nos brinda un sentido de seguridad y competencia, logramos al mismo tiempo reducir nuestro miedo hacia el futuro y el fracaso”.

Nuestro devenir histórico y experiencia de vida se encuentran ligados a un sin fin de experiencias nuevas y cambios constantes, que van forjando la historia de la humanidad y la historia de nuestras vidas. El aprender del pasado es la mejor forma de planear, dentro del presente, el futuro que viene, y garantizar una mejor aceptación de lo que pueda suceder, y tener un mejor control de lo ulterior.

CAMBIO, CONTINUIDAD DE VIDA

El cambio, como sinónimo de progresión y continuidad de la vida, busca ser derrotado por el hombre, quien, como Gray, fantasea con eludir al inagotable dios cronos y frenar el tiempo, para postergar su estancia aquí enla Tierra, aumentado su inteligencia, su poder y su dominio hacia los demás.

Pero, frenar el cambio sería mitigar la constante de calor y movimiento en el universo, la cual nos daría la muerte de todo o, como la han llamado algunos científicos, “muerte térmica” en donde el enfriamiento haría casi imposible la vida como la conocemos.

Es entonces el flujo constante y cambiante de múltiples posibilidades, así como la incertidumbre que tenemos sobre el futuro, lo que le da sabor a la vida. Debemos disfrutar cada cana, cada arruga y cada pelo menos en la cabeza, como la marca del cambio en nuestra experiencia de vida, y pensar en que, tal vez, todo se colapse como muerte térmica, con el enfriamiento del universo, para volver a empezar, y que nuestra energía volverá, pero ahora, como filosofaría Heráclito, seremos otros hombres, y cruzaremos nuevos ríos, en espera de que la vida prevalezca en otro nuevo universo, como si fuera el eterno retorno de lo idéntico.

 

 

Referencias:

Bryson, Bill. A Short History of Nearly Everything, Broadway Books, USA, 2003.

Westerhoff, Nikolas. “Set In Our Ways: Why Change Is So Hard?” Scientific American, December 2008.

El retrato de Dorian Gray, Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/El_retrato_de_Dorian_Gray_(novela)

Heráclito, Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/Her%C3%A1clito

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *