Porque comprendo lo que sientes, te compadezco

Revista número 95, 5 de junio del 2009, páginas 4 a 8

¿Tendremos la compasión impresa en nosotros?

Oskar Schindler disfrutaba de su trago mientras observaba con cuidado a su anfitrión, Amon Goeth. De pronto, un paso en falso de Goeth, aunado a que había bebido demasiado, lo hizo caer, sin hacerse daño alguno, para erguirse de nuevo, mientras Schindler analizaba la forma en que iba a expresar su opinión.

Sabía que Amon era famoso por su forma despiadada de matar a los judíos. Tenía claro que era un individuo impulsivo, que por las mañanas disfrutaba de levantarse, asomarse a la ventana y disparar a matar a cualquiera que, para su juicio, no estaba haciendo las “cosas correctas”.

De pronto, Goeth comentó cómo de cierta manera admiraba a Schindler, porque nunca lo había visto ebrio, y que eso era control, y era, al mismo tiempo, sinónimo de poder.

En ese momento, Schindler supo que podía exponer su punto de vista. Su réplica fue en el sentido de que eso no era poder, sino que el poder lo manifestamos cuando tenemos toda la justificación para matar a alguien y no lo hacemos.

Para enfatizar su posición, Oskar trajo a colación el ejemplo de un emperador ante quien llevaron a un ladrón para que lo castigara con la muerte por sus hechos. El ladrón se tiró al suelo, pidiendo clemencia por su vida. Entonces, el emperador, contra lo que todos pensaban, perdonó y dejó ir a ese hombre insignificante.

Amon sonrió, y le dijo a Schindler que ahora sí creía que estaba ebrio. Sin embargo Oskar continuó: “Eso es poder, Amon. Eso es poder”. El punto de Schindler era más profundo que la simple definición de lo que es o no poder. El objetivo de Oskar Shindler, y por el cual nos identificamos con él en la película La Lista de Schindler, era que Amon, al igual que él, sintiera compasión por los judíos.

BUEN SAMARITANO

Schindler no sólo estaba consiguiendo mano de obra barata para sus fábricas. Tampoco quería, simplemente, redimirse de las atrocidades nazis, y de cierta forma decirle al mundo que no todos los alemanes pensaban de esa forma. Él sentía lo que esos seres humanos, esos judíos, estaban experimentando, y quería, como buen samaritano, ayudar.

Aunque no podía cambiar el curso de toda una guerra, con el simple hecho de salvar a unos cuantos habría logrado la satisfacción de ser útil a otro ser humano. Como se lo dijo Stern, refiriéndose a la lista de Schindler, y catalogándola como el bien absoluto: esa lista era vida. ¿Qué mejor regalo para Schindler que lo que dice Stern, cuando le traduce lo escrito en el anillo que le regalaron?: “Aquél que salva una vida, salva al mundo entero”.

La psicología y el comportamiento social humano aún no están completamente descifrados. El punto de Schindler era que él se sentía identificado con los judíos, y compartía compasivamente el dolor, la frustración, la melancolía, el miedo, la soledad, la falta de fe, la carencia de autoestima entre otras muchas emociones que tenían, pues a final de cuentas, eran como cualquier otra persona y no una raza inferior.

EL HOMBRE, LOBO DEL HOMBRE

Después de la gran cantidad de atrocidades que el ser humano ha cometido, y si analizamos el costo–beneficio en términos de recursos, salud y dinero de cada uno de esos actos, podríamos ver que el “Homo homini lupus” (el hombre, lobo del hombre) parece ser la constante en la que nos movemos los seres humanos, y el sacar ventaja de otro de nuestra especie resulta ser la norma para el progreso, sobre todo en el mundo de los negocios.

En una economía como la nuestra, según lo leemos diariamente en los periódicos, con noticias dominadas por mentes maquiavélicas, donde la avaricia nos permite, aunque por breve tiempo, incrementar nuestros recursos monetarios y patrimoniales, la compasión resulta casi ilógica, y una persona como Schindler resulta irrisoria.

Incluso, como lo dice la revista Scientific American Mind, de 2004, en su artículo “The Samaritan Paradox”, en el siglo 18, el filósofo Bernard Mandeville mantenía que los “vicios privados” (definidos por él como acciones egoístas de los hombres) más que la “virtud” (definida como las acciones de los hombres, contrarias a su naturaleza, que buscan el beneficio de otros) son la raíz del beneficio público social y económico.

Es decir, para Mandeville, y de acuerdo a Wikipedia, el vicio privado, sumado con el flujo de capitales y el deseo de los individuos por bienes lujosos, así como aspirar a un mejor nivel de vida en términos económicos, estimulan a la sociedad como engranaje al progreso.

EGOÍSMO

Visto fríamente, el razonamiento de Mandeville tiene lógica en el campo de la economía: “¿Por qué he de ayudar a, o sentir compasión por alguien, si el dirigir mi energía en ese sentido merma o limita mi capacidad personal de generar más riqueza o mayor poder para mí y para los míos?

De estas aseveraciones parece surgir lo que conocemos como “Homo Economicus”, variante del Homo Sapiens, que trabaja sola y exclusivamente para su beneficio y para tener su propia ventaja sobre otros.

Como se menciona de nueva cuenta en el artículo “The Samaritan Paradox”, Richard Dawkings, con su propuesta del “Gen egoísta”, nos describe como máquinas de supervivencia, con genes egoístas, que buscan preservarse en nuevas generaciones, y que cada esfuerzo compasivo de ayuda a otros resulta una pérdida de tiempo, al igual que desgaste no premiado.

Para Ernst Fehr y Suzann-Viola Renninger, autores del artículo arriba mencionado, la sociobiología habla del altruismo entre seres humanos, cuando se trate de una situación en donde se aplique el dicho: “yo te rasco la espalda, solamente si tú rascas la mía”. Estamos diciendo que, en condiciones normales, ayudaríamos a alguien solamente si esperamos encontrar a esa persona en el futuro.

MUNDO ECONÓMICO

El ayudar a un perfecto extraño se torna ilógico en un mundo económico en el que peleamos por recursos escasos, al igual que buscamos amasar riquezas, a veces en forma desenfrenada y avara, para sobrevivir a épocas de escasez, o simplemente por querer subir en el escalafón social y posicionarnos en un peldaño más elevado.

Comento todo esto porque el altruismo, comprendido como ayudar a alguien como buen samaritano, es la compasión expresada en su punto más álgido. Es decir, como comprendo lo que sientes, entiendo tu pasión o sufrimiento y te compadezco, por lo que pongo mi ayuda a tu disposición, para sacarte de ese estado mental o eliminar ese dolor físico.

Por otro lado, recientemente han surgido nuevas teorías, que se materializan como una afrenta pública al egoísmo individualista del ser humano. Hablamos primero de un caso publicado en la revista Wired, en su sección de ciencia, donde se relata que, al reconstruir un cráneo de un niño que vivió aproximadamente hace 530,000 años, y que estaba deforme por nacimiento, los científicos comprobaron que vivió unos cinco años o tal vez un poco más.

A los científicos, aunque no les resulta desconocido este comportamiento, sí les sorprendió y les parecía increíble que los humanos de ese entonces se hayan hecho cargo de ese niño, o de otros enfermos, así como de personas con capacidades diferentes. Parece que ese tipo de conducta es única de los seres humanos, y base de esto es la compasión.

Pero el caso más extraordinario es el que han descubierto los doctores McColl, Damasio e Immordino-Yang. En su artículo “Neural correlates of admiration and compassion”, señalan que la compasión, al parecer, se encuentra impresa en el cerebro, de la misma manera que el miedo o el enojo.

Si esto es cierto, estamos hablando de que la biología evolutiva humana mantuvo a la compasión como una variable clave para la supervivencia de nuestra especie.

EXPERIMENTO

El estudio consistió en un experimento con 13 sujetos. Por medio de información recibida de 50 fuentes de narrativa multimedia, apoyada por audio, video e imágenes en una computadora, se les pedía que describieran la situación presentada dentro de cuatro categorías, que eran:

a)    Admiración como virtud. Cuando la información proveniente de una imagen, video o audio se podía catalogar como un acto virtuoso o moralmente admirable.

b)    Admiración por desempeño. Cuando la información proveniente de una imagen, video o audio se podía catalogar como un acto de complejo desempeño, como una característica artística o deportiva.

c)    Compasión por dolor social. Cuando la información proveniente de una imagen, video o audio, se podía catalogar como una persona con sufrimiento social, problemas psicológicos o rechazo social.

d)   Compasión por dolor físico. Cuando la información proveniente de una imagen, video o audio se podía catalogar como una persona con una lesión física, pero esa lesión no tenía implicación moral o social.

Para este experimento, como se describe en el artículo, se escogieron la admiración y la compasión, por el papel de emociones sociales preponderantes en las relaciones interpersonales y de comportamiento moral. Por un lado, la admiración nos motiva a dar una recompensa, y la compasión nos impulsa a remediar cierta situación.

Posteriormente, cada vez que un sujeto catalogaba determinada situación narrativa, se le monitoreaba por medio de una imagen por resonancia magnética funcional, para determinar las áreas que se iluminaban en su cerebro.

RESULTADOS SORPRENDENTES

Para sorpresa de los investigadores, cuando los individuos clasificaban lo que se les presentaba, ya sea como admiración o compasión, se iluminaba la zona del precúneo, que se describe como la superficie del lóbulo parietal superior, ubicada sobre la cara medial del cerebro, así como la zona de la corteza cingulada, situada en la parte medial de la corteza del cerebro.

Estas zonas, de acuerdo a los autores e investigadores, se encuentran relacionadas con la forma en que opera el cerebro. Esto ha logrado, como dice Damasio, que emociones como la admiración y la compasión tengan su base en estructuras por debajo de la corteza cerebral, como en el hipotálamo y el tronco encefálico, cuya función es la de regular la vida.

De acuerdo a los resultados, lo que pensábamos que eran simplemente aspectos sociales aprendidos gracias a las normas sociales de una comunidad, y que debían aplicarse para no ser expulsados o rechazados de la misma, parece tener un lugar en los disparos neuronales del cerebro humano, los cuales dictan la forma en que percibimos a nuestros semejantes en diferentes situaciones.

Como humanos, contamos con la capacidad, impresa en el cerebro, de ponernos, como comúnmente se dice, en los zapatos de alguien más, y aunque no sintamos el dolor físico o el dolor social, comprendemos exactamente lo que esa persona está pasando, y actuamos remediando la situación, ya sea por sentir compasión por dolor físico, o compasión por dolor social, como se expuso en el experimento.

Esto no es extraño para la biología evolutiva, pues, como se comenta en el artículo “The Samaritan Paradox”, Darwin escribió en 1874 que aquellas tribus en las que sus individuos colaboraran resultarían victoriosas sobre otras tribus, y eso sería precisamente parte de la selección natural.

Los antropólogos Robert Boyd y Peter Richerson, ambos de la Universidad de California, explican en su libro Cultural Evolution of Human Cooperation, cómo la capacidad humana de vivir en larga escala o en grandes cantidades evolucionó de la armonía tribal, y favoreció a las organizaciones sociales que se centraban en la cooperación de los grupos.

VALOR DE LA COMPASIÓN

Para mí, desde épocas remotas, y gracias a la combinación de la plasticidad cerebral de aprendizaje de nosotros, los factores socio–culturales permitieron a los individuos entender el valor de la compasión altruista, de modo que la cooperación y ayuda era la mejor forma de no ser castigado y relegado en los grupos sociales, promoviendo así su propia supervivencia dentro de sus tribus.

Siguiendo este camino, la compasión y el ayudar con acciones altruistas a conocidos o desconocidos, descansa en raíces antigua,s en partes claves del cerebro, y gracias a la plasticidad del mismo y a nuestra capacidad de adaptación para sobrevivir, se han expresado en momentos clave de ayuda a nuestros semejantes.

Simplemente, recordemos las actitudes compasivas y altruistas que recibió México de parte de diferentes países cuando sucedió el temblor de 1985, situación que se sigue repitiendo cuando otro país es afligido por un mal.

Somos una especie que promueve la competencia desleal y egoísta para acrecentar nuestro rol y/o posición socioeconómica, pero en situaciones de prueba y empatía humana, nuestro cerebro se dispara y nos alerta, primero bajo la compasión y después con la acción de ayuda para remediar.

Como seres humanos debemos pensar en apreciar y valorar la compasión como aquella variable que nos puede unir más en un beneficio común para la especie y aprender a relacionarnos simbióticamente entre nosotros, mediante la ayuda altruista a nuestros semejantes, desconocidos o no. Tal vez por medio de ella logremos fortalecernos como especie para seguir nuestro camino evolutivo.

 

Referencias:

Helen Immordino – Yan Helen, McColl Andrea, Damasio Hanna, Damasio Antonio, Neural correlates of admiration and compassion, Washington University School of Medicine, St. Louis MO, USA, May 12, 2009.

Bernard Mandeville. http://en.wikipedia.org/wiki/Bernard_Mandeville

Fehr Ernst, Renninger Suzann-Viola, The Samaritan Paradox, Scientific American Mind, Volume 14, Number 5, 2004.

Madrigal Alexis, Deformed Skull Suggests Human Ancestors Had Compassion, Wired Science News, March 30 2009.

Kein Brandon, Neurological Roots of Compassion Run Deep, Wired Science News, April 13 2009.

Kein Brandon, The Early Science of Altruism, Wired Science News, July 12 2007.

Kein Brandon, Self Esteem Starts With Self Compassion, Wired Science News, May 17 2007.

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