El fútbol: Odiado por Borges y embellecido por Valdano

Revista número 56, del 22 de junio al 5 de julio de 2007, páginas 33 a la 34.

Comentaba el renombrado escritor argentino, Jorge Luis Borges, que “el fútbol era un deporte tedioso, un juego tonto en el que no entendía como 22 personas corren detrás de un balón”. A estos comentarios se une el del autor de la Virgen de los Sicarios, Fernando Vallejo, quien nos dice que este deporte es un “idiotizador anestésico”, que logra muchas veces que las masas se olviden de la crisis en la que se encuentran.

Sin lugar a dudas, estos escritores tienen algo de razón al hablar del fútbol como un deporte de masas, y considerar que muchas veces su vaivén de matices y usos comerciales y sociales pueden caer en la conocida frase de: “opio para el pueblo”; como el caso de nuestro país que , pese a que presente una crisis financiera, el grito de “gol” no se ahoga y nos sigue apasionando cuando vemos el partido de nuestro equipo favorito o el juego de la selección, situación que por breve que sea nos hace olvidar el problema en el que estemos.

POESIA Y FUTBOL

Sin embargo, contrariamente a lo que dicen Borges y Vallejo, es necesario recordar aquí las sabias palabras de Jorge Valdano, quien dice que un poeta no siempre puede jugar fútbol, pero un jugador de fútbol, en una excelsa jugada, puede hacer poesía. O simplemente podemos parafrasear al gran narrador de partidos, Luis Omar Tapia, cuando dice: “empiezan 90 minutos del deporte más hermoso del mundo”. Otra frase excelente de Valdano es cuando dice que “también al fútbol lo atacó el bacilo de la eficacia, y hay quien se atreve a preguntar para qué sirve jugar bien. Resulta tentador contar que un día osaron preguntarle a Borges para qué sirve la poesía, y contesto con otras preguntas: ¿Pará que sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café?” Cada pregunta sonaba como una sentencia: sirve para el placer, para la emoción, para vivir”. Resulta curioso, pero las cosas que realmente valen la pena son en su mayoría intangibles; es decir, no las podemos tocar, y muchas veces son efímeras, pero cuando llegan, como en el caso de un gol de último minuto, nos pueden robar una lágrima de emoción ante la dulzura del triunfo.

Lo cierto es que, más allá del bien o del mal de este deporte, nos encontramos que un mar de gente se mueve con la pasión del futbol, y experimenta un placer visual y auditivo cuando se ve o juega. Solo imaginemos como en la actualidad, en una especie de símil al Coliseo Romano, la gente se abarrota en el estadio para admirar el espectáculo; pero esta vez los gladiadores son 22, y no cuentan con espadas y escudos para batir a sus adversarios, sino que ahora usan zapatos deportivos (tachones) y ropa de tela de micro fibra absorbente al estilo “dry fit”, con marcas que remembran la diosa de la Victoria (Nike), y la gloria se gana cuando el balón entra en las redes. Además, para evitar enfrentamientos agresivos entre los contrincantes, se les ha impuesto un árbitro que, a manera de juez, busca que el juego limpio impere y que se mantenga el orden.

EL PROBLEMA MERCADOLOGICO

Claro, también es mucho lo que  ha cambiado este deporte desde que se inicio, pues a mi parecer los colores de la camiseta y los himnos oficiales han perdido fortaleza y ahora vemos como los jugadores cambian de un equipo a otro sin pensar en la afición, que son quienes de verdad llevan la pasión por dentro; y lo peor del caso es que en esos fichajes de millones de dólares o de euros, el cambio de equipo implica que este jugador porte la camisa del equipo que era su rival y “archienemigo”.

Si no, pensemos en lo que paso con Figo cuando se produjo su traspaso al Real Madrid, después de ser muy querido en Barcelona; cómo cuando se presento en el Camp Nou, los aficionados le enseñaban billetes en señal de protesta, dando a entender que es lo único que tenía valor para él, al dejar los colores del Barza.

Otras situaciones similares también han sucedido en nuestro país, cuando hubo una época en que Chivas y América se pasaban jugadores como si fueran el mismo club y olvidando totalmente el sabor que tiene que esos dos equipos se “odien” deportivamente para ponerles sabor a los clásicos.

Recientemente también tuvimos el fichaje trascendental del “metrosexual” David Beckham, que, siendo un jugador de talento, pero tampoco excepcional como Ronaldinho, ha explotado excelentemente la mercadotecnia del juego, y se ha convertido en una máquina de hacer dinero.

Por supuesto que se vale hacer dinero, pero siempre y cuando no afecte en dos cosas: primero en la afición y en segundo lugar en el juego mismo. Ahora vemos a nuestros jugadores de la selección mexicana están logrando salir del país y triunfar en diversas ligas (alemana, española, holandesa, etcétera) pero los juegos que hemos presentado recientemente (Copa de Oro) dejan mucho que desear.

Lástima que Hugo Sánchez todavía no puede transmitirles esa mentalidad ganadora que lo caracteriza, que si bien algunos pueden odiarlo por su personalidad y aunque todavía no gana mucho como entrenador, fue y sigue siendo el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos. Todavía es considerado el “11 ideal” histórico del Real Madrid.

QUE VUELVA LA PASION A LAS CANCHAS

Es urgente que la pasión vuelva a la cancha, y se siga haciendo poesía con el balón. Hay que, como dice Jorge Valdano “tocar mucho el balón y tenerlo poco” y “todo equipo que trata bien el balón, trata bien al espectador”. Debe ser una situación de ganar-ganar, en donde no se pierda la esencia del juego, atendiendo a los espectadores que somos el principal cliente de este deporte, todavía es cierto que “el cliente tiene la razón”. Que se haga dinero con este mercado, pero que sigamos viendo “caños, chilenas, vaselinas, sombreritos, escorpiones…” y que no se ahogue el grito de “gol”.

Al final, como dijera el poeta británico Rudyard Kipling, “si tú puedes enfrentar el triunfo y la derrota y tratar a esos dos impostores de igual manera… la Tierra será tuya” y es así como se ama y se odia a este deporte y se entiende su simbolismo histórico bañado de fuerza bruta, belleza, angustia, desesperación, locura, alegría y éxito y fracaso.

 

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