Comer menos, y hacer más ejercicio, para vivir más…

Revista 125, marzo 2012, páginas 37 a 39

No había sido una buena semana; incluso, se sentía cansada y desganada, mientras daba vueltas entre sus sábanas; pero, de pronto, supo la forma en que se aliviarían todas esas sensaciones negativas. Entonces se levantó de su cama con el ansia de siempre, y buscó rápidamente alistarse para acceder a su droga de la mañana. Fue así como Ena Camila se terminó de poner su pants y sus tenis, con el objetivo de salir de su casa para ir a correr y disfrutar de la descarga de dopamina en su cuerpo.

Antes de iniciar, calentó debidamente, haciendo estiramientos, para evitar cualquier tipo de lesión. Al dar los primeros pasos y convertirlos posteriormente en los primeros trotes, sintió el placer de la excitación que su cerebro enviaba al hacer este ejercicio aeróbico, y no era solamente la dopamina que fluía; sabía, de antemano, que esa actividad le ayudaba a eliminar toxinas del organismo y la prevenía contra otras afecciones, como el Alzheimer, infartos y diabetes, sin olvidar el sobrepeso y, obviamente, la obesidad.

El conocimiento de Ena Camila no provenía solamente de lo que le comentaron sus abuelos, el doctor Soto y la doctora Moreno, sino que recientemente había leído un artículo en la revista The Economist, titulado: “Exercise and longevity: Worth all the sweat”, que hablaba de por qué el ejercicio es bueno para la salud, con nuevos hallazgos al respecto.

EJERCICIO Y AUTOFAGIA

En ese escrito, se habla del trabajo publicado en Nature por Beth Levine, del Centro Médico Southwestern, de la Universidad de Texas. Sus estudios señalan que el ejercicio promueve la autofagia. Según el mismo artículo, el nombre de este proceso viene del griego “auto comer”, y se trata de un mecanismo en que el excedente de proteínas mal formadas y otros componentes celulares, son destruidos y reciclados en nuestros organismos.

Con el fin de comprobar lo anterior, la doctora Levine, puso a unos ratones a dar vueltas en rueda para correr. Después de media hora, presentaban un aumento de autofagosomas en sus músculos, que crecían de manera constante. Poco a poco aumentó el tiempo de ejercicio, hasta llegar a los 80 minutos. Además, para corroborar esto, trabajó con otra cadena de ratones, que estaban modificados genéticamente, para no responder con el ejercicio como detonante de la autofagia. Por ello, a pesar de que los mismos corrían y hacían ejercicio, presentaban mayores problemas para eliminar desechos y, por ende, dificultad para procesar el azúcar en sus organismos. 

Los resultados señalan, según la doctora Levine, que, como se sabe, el ejercicio puede prevenir la diabetes; pero, además, al trabajar y modificar los mecanismos de autofagia, se puede tratar de diferente forma la misma diabetes y otras enfermedades relacionadas. De la misma manera, se ha detectado que la autofagia, según diversos biólogos, protege a los organismos de muchos otros padecimientos, y no solamente al ser humano.

Sin embargo, lo más interesante es que la autofagia se relaciona con la adaptación que tuvieron las células y ciertos organismos cuando existía carencia de nutrientes, y reciclaban partes de su cuerpo para obtener energía para su supervivencia.

LUCHA CONTRA INFECCIONES BACTERIANAS

Pero también se ha detectado que la autofagia ayuda para luchar en contra de infecciones bacterianas y retrasar los efectos del Alzheimer de y la Enfermedad de Huntington, así como para disminuir el proceso de envejecimiento, el cual es muy conocido de los biólogos, quienes saben que si ofrecen dietas para mantener a ciertos organismos al borde de la muerte, promueven su expansión de vida.

Esta opinión la comparte la doctora Levine, en cuyos experimentos se ha demostrado que el aumento de la autofagia, ligada al estrés de vivir en un estado constante de falta de comida, es un mecanismo responsable de la extensión de vida.

Al final, el punto de la doctora Levine no es ponernos al borde de la muerte con dietas que así lo promuevan, dejando de comer, sino que trabajemos en detonar la autofagia por medio del ejercicio vigoroso y no tenerle miedo a la caminadora, bicicleta o bicicleta estática, o mejor aún, a salir a cierto lugar a trabajar las piernas con un buen ejercicio aeróbico y protegernos de diversos padecimientos.

FACTORES GENÉTICOS Y LONGEVIDAD

En otras investigaciones, descritas en el artículo de Nicholette Zeliadt, titulado: “Live Long and Proper: Genetic Factors Associated with Increased Longevity Identified” y publicado en Scientific American, se analizan los factores genéticos y sociales en relación con la longevidad que cierto individuo va a tener, particularmente la propensión de llegar a los 85 años o más.

El primer estudio, mencionado en el artículo descrito anteriormente, es el de Paola Sebastiani, profesora de bioestadísticas de la Universidad de Boston, así como de Thomas Perls, profesor de medicina y geriatría de la misma universidad, quienes concluyen que la esperanza de vida de cierta persona, para llegar a los 85 años, analizando a gemelos, está determinada en un 20 o 30 por ciento por la genética.

Por otro lado, tenemos el estilo de vida, particularmente concentrado en las variables de la dieta alimenticia, el ejercicio y los hábitos de fumar. Según lo expresa Zeliadt, estos factores determinan no solamente la esperanza de vida, sino la calidad de vida que vamos a tener cuando vayamos envejeciendo.

EL CASO DE LOS ADVENTISTAS

En este tenor, me llamó mucho la atención que Zeliadt habla en relación a estudios realizados a los seguidores de la iglesia de los adventistas, quienes tienen como costumbre hacer ejercicio Y llevar una dieta vegetariana; no fuman ni tampoco beben licor. Los resultados señalan que los adventistas norteamericanos viven en promedio unos 88 años de edad, ocho años más que el ciudadano tradicional estadounidense.

Sería excelente que otras iglesias promovieran los mismos valores entre sus feligreses. Tal vez así tendríamos más individuos con una vida sana y con menos pleitos por ideales sin sentido. Pero ése es otro tema.

Retomando el aspecto de la influencia de los factores genéticos en la longevidad de los seres humanos, en el mismo escrito de Zeliadt se habla de otro estudio que involucra a 800 personas de entre 95 y 119 años, con el fin de comprar su ADN. Se encontró que algunos individuos contaban con algo especial en sus genes, y de esa forma se puede hablar de humanos extremadamente longevos.

CENTENARIOS Y SÚPERCENTENARIOS

Se determinó que en las ciudades industrializadas, aproximadamente una de cada seis mil personas va a vivir más de cien años, mientras que los denominados supercentenarios, que viven más de 110, son más raros, pues solamente se cuenta con uno de cada siete millones de personas.

Hablando de otros estudios, tenemos lo expuesto por Lisa Stein en su escrito: “Work It Out: More Activity = Slower Aging”, publicado también en la revista Scientific American, donde afirma que un estilo de vida sedentario incrementa la propensión a las enfermedades relacionadas con la vejez y la muerte prematura. Incluso, investigadores del King´s College, en Londres, señalan que la inactividad aumenta el proceso de envejecimiento.

Con el fin de darles soporte a esas investigaciones, Lynn Cherkas y sus colegas examinaron la sangre de dos mil 400 gemelos, para estudiar, particularmente, la longitud de los telómeros, que se consideran como marcas de envejecimiento, pues se encogen conforme pasa el tiempo en los seres humanos.

En conclusión, los investigadores encontraron que aquellas personas que se ejercitan más, en promedio 199 minutos a la semana, muestran telómeros más largos que aquellas personas que solamente se ejercitan 16 minutos o menos a la semana. Es decir, el tener los telómeros más largos, se traduce en individuos que muestran menor envejecimiento en su sistema. Para los investigadores, la diferencia entre aquéllos que hicieron más ejercicio sobre los que no lo hicieron, se tradujo en una década de juventud de los primeros sobre los segundos.

El sustento de esto se basa en estudios que analizaron los telómeros de las personas activas y las no activas, y se encontró una diferencia de 200 nucleótidos, que se traducen en que los individuos con los telómeros más largos mostraron una edad similar a los de personas 10 años menores, que se encontraban inactivas.

ESTRÉS Y OXIDACIÓN

Algunos científicos, según dice Stein, comentan que en las personas inactivas, con telómeros cortos, el estrés y la oxidación son causa de que se inicie el proceso de envejecimiento, mientras que, por otro lado, el ejercicio aeróbico alivia ese estrés. Con base en lo anterior, algunos investigadores señalan que es necesario realizar ejercicio al menos 30 minutos, cuando menos cinco días a la semana, como método para disminuir el envejecimiento.

Al final, la recomendación sería limitar la ingesta de calorías, sin caer en dietas al borde de la muerte; hacer ejercicio de forma regular, sobre todo aeróbico, ya sea dentro de la casa o fuera de ella. Recordemos que es muy grato sentir esa descarga de dopamina en nuestro cuerpo, así como eliminar toxinas con la autofagia y por medio del sudor.

Vale la pena aumentar un poco nuestra esperanza de vida o lentificar el proceso de envejecimiento y seguir degustando el oxígeno vital, para estimular nuestras conexiones neuronales con nuestro encuentro con la naturaleza.

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