Cultivemos el capital intangible

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Rodrigo Soto Moreno

Hace unos meses conversando con el 50% de mis genes egoístas, curiosos por naturaleza, les trataba de explicar la forma en que debemos cultivar las plantas, en donde un servidor argumentaba los ingredientes necesarios para ello, siendo éstos tierra, agua y energía solar. Esos genes con caireles rubios, me miraron con sus ojos inquisitivos y creativos para responderme: “No papá, también se requiere amor, las plantas necesitan amor”.

Al recibir esa respuesta, no tuve más remedio que asentir y estar de acuerdo con ella, pues un alto porcentaje de éxito o fracaso en un proyecto depende de la dedicación y pasión que se le dedique, aunado a que existen muchas formas de expresar el amor hacia algo que realmente nos desafía y estimula mentalmente.

Iniciamos con un poco de romanticismo genético y familiar para recordar que hemos olvidado darle pasión y amor a un capital vital para el crecimiento no solo de cualquier país, sino para garantizar nuestro siguiente paso evolutivo y avanzar de una singularidad a otra en este Cosmos.

Con todo esto me refiero al capital intangible, aquel que como su nombre lo indica se forma por activos intangibles, como nuestras ideas creativas, y diversos componentes como la confianza entre la sociedad, un sistema judicial eficiente, derechos de propiedad claros y por supuesto un gobierno efectivo, sumado obviamente al conocimiento y la innovación con la generación de momentos eureka, por parte de la población en general o del individuo en particular.

El capital de cualquier nación, de acuerdo a “Where is the wealth of nations? Measuring capital in the 21st Century”, publicado por el Banco Mundial, se compone del capital natural que comprenden los recursos naturales con que se cuente, como el petróleo, gas natural, tierra cultivable, cultivos, ganado, etc; posteriormente tenemos al capital producido, que incorpora a la maquinaria e infraestructura para la producción de bienes y servicios con valor agregado; y por último el capital intangible o es capital de las ideas, donde vemos que el conocimiento vale más que los activos de cualquier compañía.

Dentro de este estudio del Banco Mundial, se hace una comparación entre los diferentes capitales, para el caso de los países de más alto ingreso que pertenecen a la OCDE. El resultado fue que el capital natural representó el 2.17%, el capital producido fue de 17.35% y de manera sorprendente el capital intangible obtuvo un 80.47% del capital total. Es decir, con un simple ejercicio para determinar los capitales, nos podemos dar cuenta fehacientemente que el capital intangible supera por mucho a los otros dos capitales, y si queremos generar riqueza en cualquier país, debemos entonces invertir en el capital humano y en que las instituciones de ese país funcionen para incentivar la innovación, las patentes, las empresas y por ende el emprendedurismo, protegiendo el capital social, intelectual y de la propiedad.

Caso contrario, si tenemos un país, como desgraciadamente el nuestro, en donde impera la corrupción y falta confianza en las instituciones, pues difícilmente podremos esperar que el capital intangible despegue y se impregne en los individuos que generan ideas creativas y estos puedan regar los beneficios directos al PIB per cápita.

Hablamos entonces de fomentar todo aquel capital relacionado principalmente a los disparos neuronales creativos de cada uno de nosotros, pero específicamente a lo que se refiere la OCDE, dentro de su escrito “New sources of growth: intangible assets”, cuando relaciona al capital intangible con los activos de conocimiento o el tradicional capital intelectual; enfocado en tres principales áreas: información computacional (software y bases de datos); propiedad innovadora (investigación y desarrollo científico y tecnológico, derechos de autor, diseños y marcas); y competencias económicas (valor de marca, capital humano, redes de trabajo, instituciones, know – how, aspectos clave de publicidad y mercadotécnia).

Desde el punto de vista económico y empresarial, la OCDE en el estudio antes mencionado, nos comenta que sus investigaciones han encontrado que la inversión directa en los activos intagibles, se traduce en un aumento en la productividad. Además, como lo vimos anteriormente, el Banco Mundial nos dice que la riqueza de los países en el percentil superior de prosperidad, son aquellos quienes cuentan con altos niveles de capital intangible, sobre su capital natural y producido. Lo mismo sucede para las empresas en los primeros lugares de valor de marca y de mercado, son aquellas en que sus ideas valen más que sus activos físicos.

Ahora para poder realmente crear un medio ambiente idóneo para el cultivo del capital intangible, es necesario que los políticos sean capaces de fomentar un ecosistema cimentado en una economía de las ideas, del conocimiento, de los disparos neuronales creativos, de los momentos eureka y que aquellos emprendedores tengan las condiciones necesarias para llevar su idea del papel a la patente y de ahí a la industria disruptiva para generar nuevos mercados, empleos y por ende impacto directo al PIB de la nación en cuestión.

Sin embargo pareciera que esto no está sucediendo así en ciertos países, ya no decir del nuestro, donde no existe ninguna estrategia política a nivel municipal, estatal o federal para fomentar el desarrollo científico y tecnológico, sino que también pasa en países, supuestamente modelo del progreso, como los Estados Unidos, que en palabras de Aaron James, dentro de su libro Ensayo sobre la imbecilidad: “hay muchas probabilidades – sino 100 por ciento – de que se haya instalado ya en nuestro sistema (estadounidense) el capitalismo imbécil”.

Con esto último me refiero a lo dicho por Neil deGrasse Tyson en Greensboro, al comentar textualmente: “los americanos (estadounidenses) son malos para la ciencia. Le tienen miedo a las matemáticas. Pobres en física e ingeniería. Se resisten a la evolución, y ese analfabetismo científico es peligro para la nación (Estados Unidos)”.

La declaración de deGrasse Tyson es alarmante no solo para los estadounidenses, quienes son líderes en registro de patentes mundiales en ciencia y tecnología, alrededor de 57,385 en 2015, sino que resulta demoledora para el caso de nuestro país que registró alrededor de 320 patentes. Es decir si los estadounidenses que son malos para la ciencia, para las matemáticas, para la física y para ingeniería, según deGrasse Tyson, pero aún así registran más de 57,000 patentes, imaginemos nuestro caso con las más de 300 patentes y por ende nuestro enfrentamiento y calificaciones en materia de ciencia.

Antes de terminar esta colaboración, voy a permitirme transcribir unos datos muy interesantes del libro Sapiens de Yuval Noah Harari, en relación a la banca, la impresión de billetes, el crédito y la relación de todo esto con la ciencia y la tecnología, así como con el capital intangible de las empresas y de las naciones.

Tenemos entonces lo que nos dice el profesor Harari dentro de Sapiens:

“A los bancos se les permite prestar diez dólares por cada dólar que posean realmente, lo que significa que el 90 por ciento de todo el dinero de nuestras cuentas no está cubierto por monedas y billetes reales. Si todos los cuentahabientes de Barclays Bank pidieran de repente su dinero, el Barclays se hundiría de inmediato…”.

Pero esto no termina ahí, pues Noah Harari continúa:

“Durante los últimos años, bancos y gobiernos han estado imprimiendo dinero de manera frenética. Todo el mundo está aterrorizado ante la posibilidad de que la crisis económica actual pueda detener el crecimiento de la economía. De modo que están creando de la nada billones de dólares, eruos y yenes, inyectando crédito barato en el sistema y esperando que científicos, técnicos e ingenieros consigan dar con algo realmente grande antes de que estalle la burbuja. Todo depende de la gente que hay en los laboratorios. Nuevos descubrimientos en campos como la biotecnología y la nanotecnología podrían crear industrias totalmente nuevas, cuyos beneficios podrían respaldar los billones de mentirijillas que bancos y gobiernos han creado desde el 2008. Si los laboratorios no cumplen dichas expectativas antes de que la burbuja estalle, nos encaminamos a tiempos realmente duros”.

Creo que con estos dos párrafos del libro Sapiens de Yuval Noah Harari, rematamos la importancia del capital intangible ligado al conocimiento científico y tecnológico como motores de desarrollo y variables neurálgicas para no solo cubrir el dinero de mentiras de los bancos y gobierno han creado y así mantener una economía sana, sino  como engrane vital para nuestras aspiraciones de mutación hacia el siguiente escalón de la escalera evolutiva.

Espero que con estos datos, algunos políticos despierten y se interesen en diseñar planes estratégicos para el florecimiento de los activos intangibles, abrir paso a la economía de las ideas y cultivar con pasión el capital intangible, que sería sinónimo de progreso garantizado.

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