Confiamos o no en milisegundos

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Rodrigo Soto Moreno

No soy un individuo de fácil trato, aunque puedo argumentar a mi favor que aquellas personas que se toman la molestia en conocerme, saben que pueden contar conmigo. No suelo ser agresivo en mi comportamiento, pero no niego en cuanto a que puedo ser seco y reservado. Aparte de ser un poco retraído de la sociedad, creo que he adoptado esa forma de ser debido a conocer la realidad de ciertos procederes humanos. Es decir, me gusta pensar en que se puede confiar en la gente, pero tristemente la historia ha sido diferente. Me refiero a las decepciones que me he llevado, hablando de ciertos personajes truculentos con los que me he topado, en este breve deambular por el camino evolutivo.

Escribo esto porque me sorprende la investigación de la Universidad de Nueva York titulada: “Amygdala Responsivity to High-Level Social Information from Unseen Faces”, elaborada por Jonathan B. Freeman,Ryan M. Stolier, Zachary A. Ingbretsen, y Eric A. Hehman, publicada en el Journal of Neuroscience. En ella se nos dice que en milisegundos podemos decidir el confiar o no en una persona, de acuerdo a las facciones que observamos en sus rostros.

Entrando en detalle, este grupo de investigadores consiguió 37 voluntarios (28 mujeres y 9 hombres) de un rango de edad de 18 a 35 años, a quienes se les mostraron 300 rostros reales y otros generados por computadora y cada imagen durando 33 milisegundos para su visualización. Los resultados señalan que aquellos rostros con cejas elevadas y pómulos pronunciados son vistos como de confianza, versus a cejas bajas y pómulos menos pronunciados son vistos como de poca confianza.

De acuerdo al líder de la investigación, el doctor Freeman, el ser humano cataloga a ciertas personas de poca confianza, pues considera que pueden causarnos daño. Esto basado en los disparos que presentaba la amígdala cerebral, siendo una estructura muy importante dentro de nuestro comportamiento social y emocional.

En este tenor lo que nos dice esta investigación es que detectamos el miedo, una vieja respuesta inmediata de supervivencia presente en todos los seres vivos y reaccionamos aparentemente acorde a la misma, confiriendo o no confianza a cierta persona.

Recordando viejos escritos de un servidor y como es naturalmente conocido por nosotros, y tomando lo descrito en la web de How Stuff Works, el miedo se representa como un disparo neuronal, dado ante una situación o estimulo específico. Nuestro corazón comienza a latir más fuerte; los músculos se tensan, la respiración se agita y los pulmones permiten la entrada de más aire de lo normal; las pupilas se dilatan, agudizando nuestra vista. Ante todo esto, tenemos la conocida frase en inglés de fight or flight; es decir, “pelea o vuela”, haciendo referencia a enfrentar la situación o huir de la misma con el simple objetivo de preservar nuestra vida.

Para el neurocientífico e investigador pionero en el tema del miedo, Joseph E. LeDoux, existen dos tipos de ciclos en este; en donde a la amígdala puede llamársele “la polea” de acción dentro de esta emoción. Existen dos caminos para crear el miedo: el primero es llamado “el camino corto” y el segundo “el camino largo”.

El camino corto, según el profesor en Medicina, Marc Siegel, de la Universidad de Nueva York, y tomando la descripción de LeDoux, implica el “no tomar riesgos”, y tiene una respuesta de 12 milisegundos desde que se recibe la primera información en el tálamo, se procesa en la corteza cerebral, y se envía la señal a la amígdala para tener una reacción determinada, así como se recuerda gracias al hipocampo del cerebro.

Por otra parte, el camino largo, según LeDoux, toma alrededor de 30 a 40 milisegundos en el proceso de lo que está sucediendo, y puede ser considerado, de acuerdo al profesor Siegel, como el cerebro pensante. Aquí, antes de tener una reacción totalmente impulsiva, como reflejo incondicionado, nuestra mente razona lo que está sucediendo, para proceder a elegir el camino de acción adecuado.

Después de todo esto, parece ser que me he equivocado en mi forma de juzgar a las personas y solamente me queda confiar en mi amígdala cerebral para catalogar el nivel de confianza de ciertos individuos nuevos, con quienes me tope en mi andar evolutivo y tener cuidado en el acercamiento de aquellos truculentos personajes a quienes ya tengo bien identificados como no confiables y deshonestos.

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