Rodrigo Soto Moreno
Caminando hacia la caja de una conocida tienda departamental, en donde seguramente cualquiera de los lectores conoce, me formé gustosamente para pagar la ganga de libros que llevaba en mano. Cuidando mi posición, para evitar que algún vivales, me aventajara y se colocase delante de mí, pude observar a otros compradores y sus productos. Uno de ellos llevaba, tratando de ocultar la portada con su mano y pecho, una conocida revista de caballeros con una letra muy característica y muda; una de las formadas, orgullosa lleva una publicación que implica un saludo en español; traté de ver a la primera de la fila, pero no pude divisar la revista que adquirió. Después de esa breve interacción visual literaria, me sentí un poco fuera de lugar con los títulos que iba a llevar a casa y a la oficina, pues eran aburridamente sobre insectos, ambos del mismo autor. Finalmente nada de eso me detuvo y me llevé esos textos conmigo a un precio muy barato.
Valga esa digresión para afirmar que un tema de insectos resulta extremadamente árido y es difícil para que sea absorbido por los ojos de un lector y sobre todo asimilado en cuanto a la importancia que juegan dentro de la obra de la madre naturaleza. Pero a pesar de esto, considero importante hacer un esfuerzo al realizar esta colaboración y darles una pequeña ojeada de la vida de otro invertebrado muy peculiar y que al final del día resulta especialmente interesante.
Si quisiéramos hablar sobre alguna clase de insecto que trabaje diariamente de forma ordenada y coordinada, en beneficio del grupo y no solamente buscando el propio, es probable que nuestra mente evoque el recuerdo de la clásica hormiga recolectora, impregnados por lo descrito por Esopo en la fábula de “La hormiga y el escarabajo”, o tal vez se nos venga a la mente la imagen de una abeja polinizando flores y cultivando miel, cerca del enjambre; siendo ambas tareas dirigidas a la procuración de ese sistema social de insectos. Sin embargo, pienso, que serían pocos los disparos neuronales asociados a este ser vivo muy particular, me refiero a la termita.
Siguiendo en este punto, en estas breves colaboraciones, recientemente me he dado a la tarea de escribir sobre las abejas, las hormigas y en este tenor curiosamente encontré una colección de libros de Maurice Maeterlinck, dramaturgo y ensayista belga, quien trata los mismos temas, pero desde una perspectiva más completa que un servidor, incluyendo a estos insectos neópteros, alguna vez llamadas “hormigas blancas”, pero en la actualidad se sabe que están más emparentadas con la cucaracha que con las hormigas, siendo estas últimas una de sus principales rivales y depredadoras. Por todo lo anterior, pero guardando toda proporción y respeto a la excelente descripción de Maeterlinck, me voy a permitir escribir y compartir con ustedes algo sobre las termitas.
Para entrar en tema, considero necesario recurrir al divulgador científico David Attenborough, quien en una de sus aportaciones al tema nos traslada a la fortaleza de las termitas, especialmente las que forma en Sudáfrica y la edifica como verdaderos castillos medievales, pero con un toque arquitectónico muy especial, que bien podría ser envidiado por cualquier arquitecto, así como con una tecnología sorprendente, que seguro causaría el mismo efecto envidiable pero ahora en un ingeniero. En este punto cabe señalar que para darnos una idea del tamaño de la comejenera o casa de las termitas, en nuestra escala, tendríamos que construir un edificio de más de un kilómetro de altura y todavía no hemos podido hacer eso, ya que la estructura más alta que hemos construido es el Burj Khalifa, un edificio en Dubái. Siguiendo con Attenborough, este inicia presentándonos la comejenera, lugar donde las termitas se refugian de las sofocantes temperaturas que se pueden alcanzar en esa zona del planeta; exaltando la torre a la vista, misma que puede superar la altura de un hombre y que sirve, aparte de contener a los intrusos, como ventilación para expulsar también el calor proveniente de abajo y utilizar los vientos tradicionales africanos para orear y permitir la entrada de aire fresco, logrando un clima adecuado para los insectos.
Debajo de una comejenera africana, nos comenta Attenborough, podríamos hablar de que en algunos casos habitan alrededor de 2 millones de termitas trabajando en forma cooperativa y casi todo el tiempo permanecen bajo el suelo, donde cuentan con una zona en la cual, los obreros cultivan madera y plantas que recolectan, promoviendo la proliferación de un particular hongo que ayuda a la descomposición de sus cultivos, haciendo más fácil la digestión. Siguiendo la descripción de Attenborough, en una cámara, más baja, se encuentra la reina, quien impedida por su gran tamaño y peso, solamente se dedica a producir huevos y es auxiliada constantemente por los obreros en sus aseos, así como en su alimentación para mantenerse sana y fértil. A su lado se encuentra su pareja real, el rey, quien es y será su fiel compañero y la fecundará mientras viva; se menciona que la reina puede vivir aproximadamente unos 45 años. Sorprendentemente la reina puede producir, en promedio, unos 30,000 huevos al día, dándonos una idea de su capacidad reproductiva y en donde entran en acción los obreros, para llevar los huevos a una zona de “cunas”, esperando el nacimiento de las nuevas termitas, para alimentarlas de forma personalizada hasta que se conviertan en adultos.
Dentro de la comejenera las tareas se encuentran perfectamente divididas, solamente por nombre podemos identificar el rol de cada individuo, es decir contamos con los obreros, encargados de la alimentación de todos, cultivo de hongos y descomposición de la madera, preparación de túneles y aseo y manutención de la reina; los soldados, destinados a defender el hogar de los innumerables ataques a los que se ven expuestos, mismos que veremos a continuación; la pareja real, que como dijimos procrean a los futuros ciudadanos en la sociedad termita, volviendo a reemplazar cada posición requerida, incluso la suya.
Pero de todo lo anterior, algo que salta a la vista, son los constantes ataques que reciben las termitas, influyendo directamente en su evolución, para actuar como un solo organismo con miras siempre a proteger la vida en la comejenera. A pesar de ser ingerida por osos hormigueros y algunos primates, tomándolas como platillo delicatesen, uno de sus peores enemigos, eliminando al hombre, son las hormigas, las cuales organizan complejas y elaboradas redadas a la guarida de las termitas, enfrascándose en una lucha a muerte con caídas en ambos bandos, pero donde en gran parte de las veces salen vencedoras las hormigas, quienes pudiéndose aventurarse mucho más adentro, hasta la recámara de la reina, no lo hacen, pues prefieren que las termitas se recuperen y crezcan en número, de igual forma que lo hacemos nosotros al no acabar con el ganado y solamente consumir lo necesario para alimentarnos, según lo expone el propio Attenborough.
Resaltando algo del rol de estos insectos en la vida huma, me gustaría exponer algo más de la importancia de las termitas, quienes formaron parte de la dieta alimenticia de los primeros homínidos, proveyendo una importante cantidad de calorías para saciar a nuestro cerebro primitivo, pues ahora se sabe que 100 gramos de estos insectos tienen 75% más calorías que un bistec del mismo peso, según nos dice Kate Wong. De aquí podemos, tal vez, entender mejor porque son tan preciadas por ciertos animales en su menú.
Otro punto que me pareció sustancioso compartir, además de muchos otros, es el comentado por Maeterlinck, quien en su libro “La vida de las termitas”, habla sobre una especie de auto regulación de estos insectos. En donde en ciertos experimentos, cuando se incrementa la cantidad de soldados de forma artificial, resulta que los obreros se dan cuenta de ello y los dejan de alimentar, logrando su muerte y regresando al equilibrio original. En palabras de Maeterlinck tenemos: “…cuando se introduce un número excesivo, el poder desconocido, que debe saber contar con bastante exactitud, hace perecer casi tantas como las que se han introducido, no porque sean extrañas, sino por ser excesivas, lo que se ha podido comprobar marcándolas. No son degollados como los machos de las abejas; cien obreros no darían fin a uno de estos monstruos solamente vulnerables en el cuarto posterior. Sencillamente no se les alimenta más “al pico”, así que simplemente mueren de hambre”.
Aunque me gustaría continuar, es necesario cortar el escrito, y especular que este tipo de insectos se comportan como un solo organismo y como un sistema emergente, similar a las abejas y a las hormigas, trabajando en forma cooperativa para el fin último de la continuidad de su propia sociedad, pero no olvidando contribuir de forma estupenda con la descomposición de maderas y fibras de plantas para reutilizarlas como nueva tierra, siempre ayudadas por microorganismos en sus estómagos para digerir la dura corteza vegetal; constituyéndose como vitales recicladores de la naturaleza y con una estadía en el planeta de aproximadamente más de 140 millones de años, con antepasados que surcaron la tierra hace 300 millones de años. Tal vez, con el continuo estudio de estos insectos, y de otros como las hormigas y abejas, podamos sacar información clave de su funcionamiento y operación, con miras a aprender, por lo pronto algo, de estos masticadores de madera.
