No debemos leer los comentarios.

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Rodrigo Soto Moreno

Cada que hago una colaboración de este tipo, me aventuro casi siempre a terrenos desconocidos y en la aventura de compartir las ideas, nos ligamos directamente a la aventura de pensar, de razonar y obviamente a la posibilidad de equivocarse, pero siempre buscando iterar (repetir) y construir nuevo conocimiento a partir de lo que vamos aprendiendo de nuestros errores.

En este sentido me ha llamado la atención un escrito de Krystal D´Costa, titulado: “Don´t read the comments! (Why do we read the online comments when we know they’ll be bad?)” y publicado en Scientific American, donde se nos recuerda la maravilla del internet para informarnos, compartir ideas, discutir sobre un tema, entre otras muchas ventajas, eliminando aparentemente las fronteras del conocimiento gracias al viaje instantáneo y con ubicuidad de bits y bytes de datos.

Hablando específicamente de la discusión de ideas o de cierto tema en particular, sabemos de la importancia vital del choque de ideas en la construcción de conocimiento, con miras a fortalecer una idea, derrumbar una idea o fecundar ideas. En este punto, estamos acostumbrados a expresar y plasmar nuestro punto de vista, encontrándonos entonces comentarios positivos o benignos que nos feliciten por el escrito, o que les pareció interesante el tema o tal vez que reforzaron su conocimiento.

Otros comentarios pueden cuestionar ciertos puntos del escrito, fomentando la discusión de forma amigable, argumentando su punto de vista y enriqueciendo de cierta manera el tema central del escrito. Sin embargo hay otros comentarios que sí son agresivos y atacan directamente al autor o al punto expuesto.

Tomando el último punto del párrafo anterior, el surgimiento de la agresividad en los comentarios dentro de artículos, según nos dice D´Costa, es porque tradicionalmente estamos acostumbrados a romper las normas sociales en web; es decir nos podemos enojar más al estar en el internet contrariamente a nuestro comportamiento en el mundo real o frente a frente con cierta persona y esto es porque podemos decir muchas cosas que son políticamente o socialmente incorrectas, a través de la web, porque utilizamos en algunos casos el anonimato. Esto a pesar de que se ha tratado de eliminar cuando los sitios solicitan cierta verificación de identidad al ligar nuestro punto de vista con nuestro perfil en redes sociales o simplemente al introducir un correo electrónico válido.

¿Qué ha sucedido en este tema? Pues muchos escritos o autores definitivamente evitan leer los comentarios la final de sus escritos y muchos sitios web eliminan esa opción para los lectores. Sobra señalar que de igual forma no contestan a los comentarios, porque sería entonces enfrascarnos en una discusión interminable. Esta solución de hacer caso omiso a las críticas no es totalmente mi postura, pues estoy cierto que aquella que es constructiva debe ser bien recibida porque busca enriquecer la aportación, pero también estoy seguro que aquellas agresivas es mejor dejarlas ser y pasar, y si las quieren plasmar que las hagan en su blog personal o en algún otro medio electrónico que les abra las puertas.

Debemos aportar por el placer de hacerlo, continuando con el esfuerzo constante de investigar acerca de cierto tema y contribuir a la sociedad del conocimiento con un poco de información y como he dicho: en la aventura de compartir, de pensar, el riesgo que conlleva es el de equivocarnos, pero de esa interacción e iteración obviamente aprenderemos algo y construiremos y robusteceremos nuestra idea, siempre aceptando la crítica constructiva y desechando la agresiva.

En otro estudio de la Universidad de Wisconsin, liderado por Dominique Brossard, titulado: “The “Nasty Effect:” Online Incivility and Risk Perceptions of Emerging Technologies” y publicado en The Journal of Computer Mediated Communication, se nos menciona que increíblemente los trolls (persona que publica mensajes provocadores en web), esos usuarios ficticios o robots, han logrado en algunos casos que la percepción de una investigación científica sea puesta a prueba o se deseche su validez, incluso se nos dice que podemos escoger cualquier tema científico o tecnológico y cuando llegamos a los comentarios de abajo, podemos darnos cuenta de la guerra de aquellas personas que comentan de forma agresiva y muchas veces sin fundamento y desinformados contra aquel que hizo su tarea al investigar.

La investigadora Brossard nos dice que solamente el tono del comentario, en un blog, en un periódico, en una revista, pueden influenciar la percepción del riesgo de cierta temática tecnológica, por el simple hecho de que los lectores no tienen suficiente información al respecto o criterio para darnos cuenta que el dueño del escrito, en la mayoría de los casos, se informó al respecto para redactar su artículo o peor aún, es el líder de una investigación seria dentro de un centro de investigación, versus a la persona que comenta que no tiene ni las bases ni los estudios y se escuda como dijimos en el anonimato.

Aquí volvemos a hacer énfasis que toda la crítica constructiva que promueve el diálogo, siempre debe ser bien recibida porque es así como se construye el conocimiento, pero aquella crítica agresiva debe dejarse a un lado y enterrada.

En el estudio mencionado de Brossard se trabajó con 1,183 individuos en un experimento en línea y se analizó la civilidad de los comentarios, en donde se colocaron a propósito comentarios agresivos, buscando determinar su influencia en los lectores. Aunado a esto se dieron cuenta que solamente un 12%, de los lectores de noticias, buscan noticias relacionadas a la ciencia y tecnología, pero al leer el reporte científico pueden, tristemente, ser influenciadas por los comentarios agresivos al final del escrito que por los puntos y argumentos del propio autor del artículo, que desgastó su tiempo y esfuerzo investigando para compartir un poco de conocimiento al resto de la población.

De nuevo recuerdo y repito que la crítica constructiva es bien recibida y debe ser siempre abrazada, pero aquella que no lo es debe ser rechazada, pues solamente genera problemas y es sano recordar: “No debemos aventar margaritas a los puercos”.

Cerrando esta aportación, me voy a permitir transcribir textualmente el primer párrafo de un escrito de Guillermo Fadanelli, titulado: “El idealista (Acerca de la naturaleza del escritor)”, publicado en Nexos y dice así:

“Los escritores se sienten en confianza hablando acerca de lo que no saben. Es una característica, digamos, de su naturaleza. En realidad es de lo único que les interesa hablar: de las cosas que no conocen. Ponerse a disertar sobre los temas que uno domina es fatuo y, si me lo permiten, también ingenuo. A no ser que alguien me obligue a pronunciarme acerca de los pocos temas que conozco, prefiero callarme. Es evidente que un médico no debe callar sus conocimientos y se le exige ponerlos en práctica. Él ha estudiado ciertos temas relacionados con la salud e iría contra la ética de su profesión si decidiera ocultarlos o hacerse el que no sabe. Los mecánicos tampoco se hallan interesados en esconder su pericia y se sienten muy complacidos a la hora de exponer sus conocimientos. Pero en el caso de un escritor es distinto: su obligación es pronunciarse constantemente acerca de lo que desconoce. Si no fuera de ese modo la imaginación se hallaría estancada”.

 

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