Minúsculos disparos neuronales

Rodrigo Soto Moreno

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En algunas ocasiones me he puesto a analizar, que de igual forma a lo sucedido con el universo, cuyo inicio se puede trazar hasta el Big Bang; nuestra inteligencia también debe tener un punto de origen, visible desde una perspectiva biológica y por supuesto fisiológica.

En este tenor, dentro del libro “Elogio de la imperfección”, la premio Nobel Rita Levi-Montalcini nos dice que alrededor de 300 ó 400 millones de años surgió el cerebro del primer vertebrado y éste se vio sometido a la presión selectiva de la evolución, dando origen a diferentes mutaciones y derivando en lo que ella dice que es el maravilloso e imperfecto cerebro del Homo Sapiens.

Continuando con lo anterior, la propia Levi-Montalcini señala que el cerebro que no sufrió presión selectiva, contrario al de los seres humanos, fue en palabras textuales de la neuróloga: “el sólido y perfecto de los invertebrados que se extendieron por las tierras sumergidas y emergidas del planeta, sobre todo el de los insectos”. 

Sumado a todo esto, contamos con un escrito de Paul Patton titulado: “One World, Many Minds”, en Scientific American, y comenta que dentro de los últimos 30 años, las investigaciones en neuroanatomía han demostrado que los cerebros complejos, así como la cognición sofisticada evolucionó de cerebros simples, en múltiples ocasiones, de forma independiente y en linajes separados. Por esto se sabe que la inteligencia no se pudo dar en una simple jerarquía lineal evolutiva.

Una muestra clara de habilidades de cognición, es cuando los animales pueden resolver un laberinto para salir del mismo. Como ejemplo tenemos el caso de abejas que pueden aprender a diferenciar objetos en base a la relación con otros, identificando aquellos “similares o diferentes”, según estudios de la neurocientífica Aurore Avarguès-Weber y sus colegas de la Universidad de Toulouse.

Explicando mejor lo anterior, en el artículo de Issa McKinnon titulado: “Bees have small brains but big ideas”, en Scientific American, se describe que los investigadores utilizaron laberintos en forma de “Y”, mismos que al final contenían una recompensa para el insecto. En la entrada del laberinto, las abejas podían ver una imagen con líneas blancas y negras de forma vertical; al llegar a la bifurcación de caminos, cada posible ruta estaba marcada; una con la misma imagen que al inicio y otra con líneas similares pero en sentido horizontal.

Después de varias pruebas, las abejas comprendieron que aquellas imágenes similares a las de la entrada del laberinto, eran el camino correcto para recibir el premio. Una vez que dominaron el concepto de “similar” y “diferente” con las líneas blancas y negras verticales y horizontales, los investigadores ahora cambiaron las imágenes por unas más coloridas. Gracias al aprendizaje obtenido, las abejas sabían que aquel color, en la bifurcación, similar al de la entrada, era sinónimo de la ruta correspondiente a la recompensa. Los resultados hacen pensar a los científicos que las habilidades de navegación y la sociabilidad pueden dar origen al aprendizaje de conceptos; es decir la capacidad de pensar de forma abstracta existe en otros seres vivos con sistemas nerviosos diferentes a los nuestros.

Tal vez de la iteración e interacción de minúsculos disparos neuronales, con la correspondiente evolución darviniana, emergió nuestro cerebro, quien no solamente puede resolver esos y otros acertijos laberínticos, sino también puede manejar un gran cúmulo de información para adaptarnos al medio ambiente, pues según The Economist, en promedio leemos 10 MB de información diaria, escuchamos 400 MB de datos al día y vemos 1 MB de datos cada segundo.

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